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Unión de Grupos Ambientalistas,
I. A. P.

Uso Social Y Gestión Gubernamental del Agua en México


Uso Social y Gestión Gubernamental del Agua en México

 

Nuestro planeta está envuelto en agua, y aún así casi

ocho millones de niños por debajo de los cinco años

morirán este año debido a la escasez de agua.

La misma ironía es vista con 800 millones de personas

que viven en riesgo por las sequías.

Dos tercios de la población rural mundial

no tienen acceso al agua potable;

mientras millones se quedan sin hogar anualmente

debido a las inundaciones, y cientos

de millones no pueden enfrentar las sequías.

Programa de las Naciones Unidas

 para el Medio Ambiente

 

 

Patricia Romero Lankao

 

INTRODUCCIÓN: DOS MITOS

 

Es común concebir al agua como recurso abundante y renovable. lo primero procede de  constatar su presencia en tres cuartas partes del globo terráqueo y en los 500 mil km² de plataforma continental con que cuenta méxico (ponce, guadalupe 1997). lo segundo surge de pensar que se mantiene la cantidad total del agua, no obstante su constante flujo a través de mares, atmósfera y superficie de la tierra (ciclo hidrológico).

 

Sin embargo, si uno se detiene a analizar más detenidamente cuestiones como la calidad y cantidad del agua, tendrá que relativizar dicha concepción. El agua que utilizamos debe cumplir con ciertos requisitos: ser ante todo potable, no corrosiva, no tóxica y no cancerígena. La potabilidad, por ejemplo, conduce a descartar el aprovechamiento del agua de mar, a menos que sea sometida a desalinización y a tratamiento terciario (en el caso de las costas de Veracruz, Tabasco, Campeche y otros estados de nuestro país, profundamente perturbadas por la emisión de contaminantes).

 

En cuanto a la cantidad, es ínfima la proporción de agua que fluye de un medio como el mar a otro como el aire (0.001%). Y este porcentaje corresponde a la constante regeneración de agua para uso y consumo humanos. Lo mismo ocurre en México país, que no obstante contar con una precipitación promedio de 777 mm sobre todo su territorio, equivalente a un volumen de 1522 km³, sólo puede aprovechar 49 km³ (el 3.2%) gracias a una infraestructura de almacenamiento y regulación.

 

El agua se distribuye desigualmente, tanto en términos espaciales como temporales. El 50% del volumen escurrido se genera en tan sólo el 20% de la superficie del país localizada en el sureste, mientras que el 4% del escurrimiento se genera en la parte norte del país en una superficie del orden del 30% del territorio nacional (Comisión Nacional del Agua, 1997). Algunas zonas, como las de Campeche y Tabasco, sufren de constantes, o cuando menos periódicas, inundaciones. Mientras que otras áreas padecen de sequías, como las localizadas en Sonora, Chihuahua, Coahuila y otras entidades septentrionales del país. No sólo eso, una misma región se ve sometida a lo largo del año a estaciones de lluvia y secas, así como a heladas y nevadas.

 

Diversos factores se articulan para determinar, en cualquier región, la escasez o en su defecto la sobreabundancia del vital recurso: el clima de la zona, su altura, latitud y longitud, su régimen de precipitación, tipo de suelos y de vegetación, así como el grado de perturbación a que han sido sometidos los recursos regionales.

 

 

EL MODELO MEXICANO

 

El gobierno mexicano ha sido, durante el presente siglo y cuando menos hasta la década de los ochenta, el principal promotor, regulador y gestor de nuestro modelo de aprovechamiento del agua. Diversos supuestos y valores han guiado las políticas hidráulicas de las autoridades:

 

El antropocentrismo y el culto al progreso. El primero nos hace considerar a los humanos como seres prioritarios, y al agua y a otros recursos naturales como simples medios para la realización de nuestras actividades productivas y cotidianas. El culto al progreso, nos ha conducido a concebir a la contaminación, el deterioro y la sobreexplotación del agua y otros recursos naturales, como consecuencias inevitables del crecimiento económico, fuente por excelencia del bienestar social. Gran parte de los grupos sociales y organizaciones públicas y privadas mexicanas hemos compartido los dos valores.

 

2) La obra pública. La construcción y operación de obras hidráulicas, como principal mecanismo para incrementar la oferta de agua para riego, el abastecimiento y el alcantarillado, entre otros servicios, así como para satisfacer las crecientes demandas, asociadas tanto al incremento de la población como al crecimiento económico del país.

El gobierno mexicano ha sido el principal constructor, gestor y operador de una compleja infraestructura hidráulica conformada en la actualidad por 1,273 presas de almacenamiento, 80 distritos de riego, 30 mil unidades de pequeño y mediano riego e infinidad de sistemas de abastecimiento de agua y alcantarillado, tantos como las 22,770 localidades con que cuenta el país, de acuerdo a la Comisión Nacional del Agua (1997). La infraestructura se ha destinado a satisfacer las necesidades de usuarios como los:

 

Domésticos, conformados por 91.6 millones de habitantes, distribuidos en 156,603 localidades urbanas y rurales. Del total de habitantes del país, sólo el 71.1% cuenta con abastecimiento y 53.45 con alcantarillado (Comisión Nacional del Agua, 1997).

Agrícolas, quienes explotan 5.6 millones de hectáreas correspondientes al 28% de la superficie agrícola del país;

Industriales, comerciales y de servicios, cuyos establecimientos tienden a concentrarse en localidades urbanas. De los 123, 346 establecimientos industriales con que contaba el país en 1993, se encontraba  98.9 % dentro de zonas urbanas, y

De generación de energía eléctrica cuyas plantas son, de acuerdo a las autoridades hidráulicas, los únicos usuarios que retornan la totalidad del agua aprovechada (Comisión Nacional del Agua, 1996).

 

Rasgos sociales y consecuencias socioambientales

 

Diversas peculiaridades sociales y ambientales distinguen el uso del agua en México. La primera se refiere a la desigual distribución del recurso, tanto sectorial como regionalmente. Mientras es de 97.8% la cobertura de agua potable en localidades urbanas de más de 80 mil habitantes, en poblados rurales de hasta 999 habitantes apenas asciende al 45.4%. Algunos sectores domésticos cuentan con una dotación promedio de 600 litros por habitante al día, mientras que otros con 80 litros. Más alarmante es la desigualdad en materia de alcantarillado, que cubre las demandas del 92.1% de la población de localidades urbanas de más de 80 mil habitantes y apenas el 16.2% de las necesidades de localidades rurales de hasta 999 habitantes (Conapo-cna 1996).

 

No menos dispar es el acceso agrícola al vital líquido. No sólo porque apenas beneficia al 30% de la superficie agrícola sino porque ésta tiende a concentrarse en unas cuantas entidades del noroeste del país, cuya actividad, en vez de satisfacer la deficitaria demanda nacional de maíz, frijol y otros granos básicos, exporta a Estados Unidos; uva, tomate y otras hortalizas y frutas.

 

El injusto acceso al agua se origina, no sólo en políticas de dotación que tienden a beneficiar a algunos sectores y regiones (como la zona metropolitana de la ciudad de México o la agricultura de riego) sino también en prácticas sociales contrarias a la equidad, tales como la desviación de corrientes, la apertura clandestina de pozos, el acaparamiento y el robo del recurso.

 

El desperdicio es el segundo rasgo del uso del agua, originado en, por lo menos, dos factores. El primero se conforma por las deficiencias y la falta de mantenimiento de la infraestructura, que hacen que la agricultura de riego tenga, por ejemplo, una eficiencia global en el consumo de tan sólo 45% y que en ciudades como la de México, desperdicien hasta 50% del agua. El segundo factor está dado por las pautas de consumo de los usuarios, sobre todo los que tienen acceso al agua regular, barata y abundantemente proporcionada quienes, tal vez porque todavía creen que ésta es inagotable, por no otorgar legitimidad a las campañas gubernamentales de uso racional, por las bajas tarifas, por la cultura del no mantenimiento a instalaciones e infraestructura, o por todos estos factores, siguen despilfarrando el recurso.

 

Diversos especialistas coinciden en señalar que el desperdicio se vincula a las bajas tarifas pagadas por los usuarios. “Actualmente afirma la Comisión Nacional del Agua la mayoría de las tarifas son insuficientes para cubrir los costos de operación y financiamiento de los organismos lo que, sumado a los problemas que puedan presentarse en la facturación y la cobranza, ocasiona deficiencias en la prestación de servicios y la recurrencia al no pago por parte de los consumidores” (cna, 1997).

 

El precio del agua incide, efectivamente, en las pautas de consumo. Sin embargo, no actúa solo. Dos factores más son igualmente importantes:

 

Los valores y actitudes de los usuarios: la percepción distorsionada que tienen de la contaminación, la sobreexplotación y otros efectos ambientales del mal aprovechamiento del agua; la poca importancia que otorgan al mantenimiento y al uso de instalaciones de bajo consumo como mecanismos para lograr una utilización racional del al agua, y la baja legitimidad que dan a las medidas gubernamentales tendientes a promover un adecuado aprovechamiento del recurso.

 

El ya citado acceso desigual al líquido, determinante de que, por ejemplo, consumidores domésticos que sufren por la escasez y deben pagar relativamente más por la compra de tambos o pipas, cuiden el agua y la usen dos veces: para el lavado personal o de alimentos y después para los muebles de baño.

 

La tercera característica de nuestro modelo de aprovechamiento del agua se refiere a su intensidad temporal y distribución espacial. La construcción y operación de presas, pozos de extracción y sistemas de transporte del agua de una cuenca a otra de nuestro país, nos han permitido enfrentar la desigual distribución espacial del agua: su tendencia a concentrarse sobre todo en el sureste, así como en parte del este y del oeste. Ha abierto la puerta para el aprovechamiento durante la temporada de secas del líquido almacenado en presas y en mantos acuíferos. Ha permitido a centros urbanos, como el de la ciudad de México, contar con agua de otras cuencas (Lerma y Cutzamala).

 

Son profundas, sin embargo, las consecuencias de la construcción y operación de esta infraestructura. La extracción del agua ha sido mucho más intensa que la capacidad de infiltración y almacenamiento en mantos acuíferos. Se ha sobreexplotado y aprovechado inadecuadamente el líquido de infinidad de acuíferos del país. Los acuíferos del Valle de Juárez, Chihuahua, del Valle de Guadiana, Durango y la región Lagunera presentan, por excesiva explotación, altos niveles de concentración de sales. El 38.5% de los acuíferos del altiplano de la región noreste, que comprende Zacatecas, Aguascalientes y parte de San Luis Potosí, están sobreexplotados. Es de casi 100% la sobreexplotación de los acuíferos de la cuenca del Valle de México.

 

Si bien la construcción de presas ha beneficiado a algunas regiones y sectores económicos y sociales (consumidores de energía eléctrica, agricultores), ha sido de negativas consecuencias ecológicas y socioeconómicas para otros, tales como desecación de terrenos, mayor incidencia de las inundaciones y desplazamiento de comunidades locales. Ejemplar  al respecto fue la construcción y operación de la presa Cerro de Oro, que implicó el desplazamiento al sur de Veracruz de comunidades indígenas oaxaqueñas.

 

Los sistemas para abastecer a ciudades como la de México de aguas provenientes de otras cuencas han provocado problemas de sobreexplotación en éstas. Los cuales se ligan a la desaparición de manantiales, la desecación y la compactación diferencial de las superficies en que se realiza la extracción, así como la pérdida de calidad del agua de los acuíferos. Fenómenos que afectan negativamente las actividades locales, pues impiden o limitan el uso del agua y la práctica de labores agrícolas, pecuarias y todas aquellas vinculadas al vital líquido.

 

Los usuarios del agua no solamente la hemos visto como insumo vital para la agricultura, la industria, la alimentación, la limpieza personal y otras tantas actividades productivas y cotidianas, sino también como receptor y transportador de nuestros crecientes desechos. Hemos provocado la contaminación de aguas subterráneas, con el uso de fertilizantes y plaguicidas, así como con, la emisión de metales pesados, sustancias tóxicas y orgánicas, entre otros desechos provenientes de nuestras actividades económicas y cotidianas. Fenómeno, el último, que se agrava cuando los sistemas de drenaje de los centros urbanos nacionales exportan a otras regiones alrededor de 231 m³ por segundo de aguas residuales.

 

Infinidad de cuencas hidrológicas, lagos aguas costeras y otras formaciones hidrológicas del país sufren de trastornos severos, y en varios casos, irreversibles, por contaminación. Tal es el caso de las cuencas del río Bravo y el río Coatzacoalcos; las cuencas Lerma-Chapala y Pánuco; los  acuíferos de la región Lagunera y la cuenca del Valle de México; gran cantidad de lagunas y zonas costeras como las de Pátzcuaro, Términos y Ostión, o las costas de Salina Cruz, Guerrero y Michoacán, y de centros turísticos como Acapulco y Cancún (el acuífero de este último, abastecedor local de agua potable, está contaminado con materia fecal).

 

La contaminación de zonas costeras, corrientes superficiales y acuíferos afecta no sólo la calidad y salud de los ecosistemas y comunidades vivas sino también a las actividades económicas, calidad de vida y salud de las poblaciones asentadas donde se localizan las formaciones de agua. Los altos niveles de hidrocarburos en aguas costeras del Golfo de México afectan, por ejemplo, la posibilidad de explotar especies pesqueras como el ostión. Las altas concentraciones de arsénico en las aguas subterráneas de la Laguna (Coahuila y Durango) contribuyen a la mayor frecuencia de alergias, cánceres y deterioro dental de la población local.  

LOS RETOS

 

El reconocimiento de los fenómenos de sobreexplotación, contaminación de fuentes superficiales y profundas y deterioro de lagos, ríos y aguas costeras nos sitúa ante una disyuntiva: dejar las cosas como están o reestructurar nuestras actuales pautas de gestión gubernamental y uso social del agua.

 

La primera opción significa mantener un tipo de gestión gubernamental y uso social del agua que no toca problemas como el desigual acceso, el despilfarro, la sobreexplotación y contaminación del vital líquido. Es un modelo basado en la obra pública como principal y apabullante mecanismo para satisfacer las necesidades de los distintos usuarios del líquido y que no resuelve las consecuencias ecológicas y socioeconómicas que genera. Este esquema implica seguir construyendo unidades de riego para los agricultores y presas para el almacenamiento y la generación de energía; traer de regiones cada vez más lejanas el agua que sacie la sed de los habitantes y sectores económicos de conglomerados urbanos como los de Monterrey, México y Guadalajara; continuar exportando, desde las concentraciones urbanas que cuentan con sistemas de alcantarillado, aguas residuales que, plagadas de desechos orgánicos, metales pesados y sustancias no biodegradables, contaminan cuerpos de agua, superficies agrícolas y pecuarias y aguas costeras. Un sistema que será cada vez mayor fuente de inestabilidad social y conflictos regionales y sectoriales por el acceso al agua, como los recientemente escenificados por los pobladores de Nuevo León y Tamaulipas.

 

La segunda opción comprende la nada fácil tarea de repensar y transformar cuestiones como el papel y lugar de la intervención gubernamental en la gestión del recurso; la participación de industriales, agricultores, generadores de energía eléctrica y usuarios domésticos, así como de organizaciones civiles y políticas; la creación de nuevas pautas de aprovechamiento del agua, que incluyan la eficiencia en el consumo, el reciclamiento, el respeto a la capacidad natural de recarga de acuíferos y de amortiguamiento, de las presiones a que sometemos a los cuerpos de agua.

 

La reflexión en torno a la reconfiguración de la participación del gobierno, los usuarios y las organizaciones sociales y políticas en el uso y la gestión pública del agua, nos obliga a discutir las reformas que las autoridades  hidráulicas han promovido durante los últimos años y entre las que sobresalen las modificaciones al artículo 27 de la Constitución (1987), la nueva Ley de Aguas (1992) y su reglamento (1994) y la creación, en 1989, de la Comisión Nacional de Aguas. 

 

Las reformas son guiadas por una nueva visión y convicción gubernamental: deben ser menor la intervención gubernamental y mayor la participación de los sectores social y privado en la regulación del uso y gestión del líquido. El Estado se debe concentrar en crear las condiciones jurídicas e institucionales (tales como  derechos claros de propiedad en torno al agua) para un adecuado funcionamiento del mercado, garantía del uso eficiente del recurso. Todo esto significa, entre otras modificaciones del actual modelo de aprovechamiento del agua, que:

 

Se abre al sector privado la inversión en red climatológica e hidrométrica, abastecimiento, drenaje y otras obras de infraestructura hidráulica, cuya ampliación sigue siendo parte de la política gubernamental (ver Programa nacional hidráulico, 1996).

Se transfiere a los agricultores la administración de los distritos de riego.

Se aplican los principios de que paga más quien más agua usa y contamina, “independientemente de si cuenta con el título o permiso correspondiente”. Lo primero implica que todos los usuarios deben pagar derechos sobre el uso de agua. Lo segundo, que requieren permiso de la cna o de la autoridad competente para descargar aguas residuales.'

Se descentralizan, hacia las autoridades estatales y municipales, funciones en la materia. En un primer momento, programas operativos tales como los de Agua limpia y Uso eficiente del agua.

Se desarrolla un programa de comunicación, nacional y localmente, en el que participan medios de comunicación y otras instancias gubernamentales, tendiente a generar entre los usuarios una cultura del agua.

 

Las reformas despiertan distintas reflexiones. Las autoridades siguen ¾aunque explícitamente no lo quieran¾ recurriendo a la obra pública y al incremento de la oferta de servicios de agua como principal mecanismo de gestión, el cual enfrenta, según vimos en el inciso anterior, infinidad de límites ecológicos y socioeconómicos.

 

Si bien la participación de la iniciativa privada es fuente de recursos para nuestro gobierno y mecanismo de obtención de ganancias para las empresas, no debe ser vista como la clave para resolver problemas como el déficit en la cobertura de algunos servicios o las ineficiencias en su administración. La participación de la iniciativa privada enfrenta, entre otros, el siguiente dilema: o se rige por el criterio de rentabilidad, que implica no atender a sectores que no pueden pagar y acabar con los subsidios a algunos sectores de usuarios. Esto beneficiaría a las empresas pero tendría altos costos sociales y políticos. O se rige por un criterio social y de política, que significa mantener subsidios, hacerse de la vista gorda ante fraudes de usuarios y dotar de servicios incluso a sectores y regiones con insuficiente o nulo poder de pago.

 

La descentralización de funciones hacia los gobiernos estatales y municipales es una medida necesaria, en la que no se debe olvidar la máxima ambiental de pensar globalmente y actuar localmente. Deberá acompañarse, eso sí, de un intenso y profundo proceso de capacitación y de participación democrática de todos los usuarios. De lo contrario, se corre el riesgo de que se privilegie a unos en detrimento de la mayoría de los usuarios regionales.

 

La idea gubernamental de que el mercado es, bajo condiciones como la existencia de derechos claros de propiedad, garantía de un adecuado aprovechamiento del agua adolece de una falla: el agua no es un recurso que se pueda dividir claramente y ser, como los autos, propiedad de un determinado agente. Es un bien público que circula constantemente, vía lluvias, escurrimientos, infiltración y evapotranspiración, a través de distintos ecosistemas. Para el uso eficiente y equitativo del agua se requiere, por tanto, mecanismos públicos de gestión, ampliamente aceptados y legitimados entre los usuarios, si es que quiere garantizarse su cumplimiento.

 

Lo anterior nos liga a la indispensable promoción de la cultura del agua. La cual no debe reducirse a un conjunto poco organizado de campañas publicitarias e inclusión de páginas ecologistas en libros de texto gratuito. La percepción de los problemas asociados al uso social del agua, el convencimiento de que es necesario optimizar su consumo y disminuir o revertir su deterioro deben formar parte del ser y deber ser del sistema de normas de la sociedad mexicana. El despilfarro y el acaparamiento deben ser socialmente sancionados, así como aplicado el castigo legal por incumplimiento. Sólo entonces se podrá romper con la ancestral costumbre de acatar las leyes pero no cumplirlas.

 

 


Bibliografía

 

Comisión Nacional del Agua. Situación del subsector agua potable, alcantarillado y saneamiento a diciembre de 1995. México, 1997. p 155.

 

Duffing, E. Problemática de la contaminación del agua en México. Congreso nacional y feria internacional de ecología, balance y perspectivas ecológicas nacionales. Puebla, 1993. (Mimeografiado).

 

Liebscher, H.J. The hidrological cycle and the influence exerted upon it by man. En Applied Geografy and Development. Vol.27. Institut for Scientific Cooperation. Tübingen, 1985. pp 33-45.

 

Newson, M. Land, water and development. River water systems and the sustainable management. Routledge, London, 1992. p 351.

 

Calva, J. L. (coordinación.). Sustentabilidad y desarrollo ambiental. Juan Pablos, tomo Y. México,  df, 1996.

 

Poder Ejecutivo Federal. Programa nacional hidráulico 1995-2000. México, df, 1996. 

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Romero, P. Historia de las obras de abastecimiento de agua y drenaje de la ciudad de México y de su impacto socioambiental. Tesis de maestría. México, df, 1991.

 

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Romero, P. Ciudad de México. Problemas socioambientales en la gestión del agua. En Yúñez, Antonio. Medio ambiente. Problemas y soluciones.  Colmex. México, df. 1994. pp 235-270.

 

Westman, Walter. Ecology, impact asessment and environmental planning. John Wiley & Sons, Estados Unidos, 1985.

 

Nordel, E. Tratamiento de agua para la industria y otros usos. cecsa, segunda edición, México, df,  1961.

 

ACERCA DE LA AUTORA

   

Patricia Romero Lankao, nació en la ciudad de México. Es socióloga ambiental y candidata a doctora en Ciencias Sociales por la uam-Xochimilco, México y en Ciencias Agrarias por la Universidad de Bonn, Alemania. Trabaja como profesora-investigadora, titular B en el departamento de Política y Cultura de la uam -Xochimilco. Ha publicado libros y artículos de libros acerca del uso y gestión del agua en la ciudad de México, el valle de Lerma, Xochimilco y el valle del Mezquital, así como debates teóricos y normativos en torno a la sustentabilidad. Ha publicado diversos artículos de política ambiental en torno a la industria y artículos periodísticos referentes a temas ambientales en los diarios La Jornada, El Financiero y Reforma. Obtuvo mención honorífica en el Premio Serfín del medio ambiente. Ha sido becaria de las fundaciones Konrad Adenauer y Ford, John D. and Catherine T. Mc Arthur, William & Flora Hewlet.

   

QUE PODEMOS HACER

 

·      El agua hoy en día es un recurso caro y limitado, por su valor y por lo que significa para el futuro. No importa que tanto llueva, dependemos de costosos y complicados medios para transportarla, no la desperdicies nunca.

·      Ahorrando agua se ahorra energía. Se requiere electricidad para los sistemas de bombeo y purificación que hacen posible la entrada de agua limpia en nuestras casas.

·      Si ahorras agua,  ahorras dinero: utilizando los dispositivos suministrados y atendiendo las recomendaciones reducirás el consumo de agua y lograrás: ahorro en tu cuenta de agua, ahorro en el gasto de gas y energía. Y les quitarás problemas a futuras generaciones.

·      Arregla fugas, revisa tus instalaciones.

·      En la regadera, se puede poner un reductor de flujo o una regadera ahorradora, se puedes utilizar una cubeta para recoger el agua mientras se calienta, o recoger el agua de la tina y reutilizarla para regar plantas, lavar el coche, el patio, el inodoro, etcétera.

·      Si sólo haces pipí, no le jales hasta que otra persona  vaya a hacer lo mismo, aguanta muy bien dos o tres orinaditas sin ningún problema.

·      No tires colillas, pañuelos desechables y otro tipo de basura al inodoro.

·      En muchos lugares aún se gastan de quince hasta veinte litros en cada desagüe del inodoro, coloca una o varias botellas o bolsas de plástico llenas de agua en el tanque, o bien unos ladrillos, para que no se llene a toda su capacidad.

·      Cuando te laves los dientes o te rasures no dejes el agua del grifo correr, ciérrala.

·      No laves el coche con la manguera, utiliza una cubeta y una jerga.

·      No riegues tu jardín o macetas en la mañana, hazlo al atardecer, así evitarás la evaporación.

·      Si compras agua embotellada o en hielo, verifica que cumpla con las normas de calidad existentes.

·      Exige a nuestros gobernantes que se cancelen las concesiones de riego agrícola con aguas residuales en cultivos restringidos.

·      Verifica que las plantas de tratamiento de aguas residuales realmente funcionen, forma  comisiones de vigilancia.

·      Reporta drenajes que lleguen directamente a lagunas, lagos, ríos, o al mar.

·      Convence a los industriales de tu zona que la instalación de plantas de tratamiento debe verse como una inversión y no como un gasto ecológico.

·      Si vives en un poblado chico o mediano, aún estás a tiempo de no permitir que se revuelvan las zonas industriales y las residenciales, ¡exige planificación!

 

 

Para saber más

 

Marsal R.J. y Mazari M. El subsuelo de la ciudad de México. Congreso Panamericano de Mecánica de Suelos y Cimentaciones. Facultad de Ingeniería, unam. México, df, 1969.   

 

Santos Burgoa. La salud ambiental en México. Instituto Nacional de Salud Pública, México, df,1993.

 

Mazari, M.A. El potencial de contaminación de agua subterránea. Gaceta Ecológica.  Nueva Epoca, Núm.36, México, df, 1995..

 

Correa, L.A. Aprovechamiento y conducción del agua. La situación ambiental en México. puma. México, df, 1996. pp 152-162

 

García, M.L. Control de calidad del agua urbana. La situación ambiental en México . puma, unam. México, df, 1996. pp 163-172

 

Fundación Friedrich Ebert. Agua y Energía en la ciudad de México (Perspectivas al año 2000). Regina de los Angeles, sa. México, df, 1988.

 

Marshal, R. Efectos de la extracción del agua en la zona lacustre del valle de México. Sociedad Méxicana de Mecánica de Suelos. México, df,1992. p 48

 

ddf. Programa de uso eficiente del agua. Dirección General de Construcción y Operación Hidráulica, Sec. General de Obras, México, df, 1990. p 50

 

ddf. Dirección General de Construcción y Operación Hidráulica Agua 2000 Estrategia para la ciudad de México, Sec. General de Obras, México, df. p 39

 

Vertientes,  Revista de comunicación nacional del agua. Núm.17. México, df, 1997.

 

Con quién y adónde acudir

 

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 Patricia Romero Lankao