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Unión de Grupos Ambientalistas,
I. A. P.

LA GUIA AMBIENTAL


El Planeta Tierra

 

 

Luis Miguel Robles Gil

 

Introducción

 

Éste no es un estudio exhaustivo acerca del planeta Tierra, sino una visión general que nos invita a la reflexión y a profundizar más en su conocimiento. Difícilmente alguien tendría el tiempo suficiente en su vida para tener una visión completa de nuestro planeta. Se necesita aprovechar la suma histórica de los conocimientos aportados por muchas vidas entregadas a la investigación en un sinnúmero de disciplinas relacionadas con el universo, la Tierra y la vida.

 

Las aseveraciones contenidas en este artículo corresponden a descubrimientos y teorías que hasta el momento son generalmente aceptadas entre la comunidad científica. La interrelación de todas las disciplinas científicas involucradas en el estudio del universo, la Tierra y la vida, cada vez hacen más congruente la concepción de su pasado y su presente, y convalidan sus hipótesis, teorías y conclusiones.

 

La intención es mostrar de manera breve una visión más amplia de nuestro planeta, en términos de tiempo y complejidad, de los procesos evolutivos en el universo y en la Tierra,  así como las condiciones que en suma han hecho posible la vida hasta nuestros días, haciendo énfasis particular en los factores bióticos como base fundamental de la gran riqueza biológica global existente.

 

Contar con una visión más amplia de la Tierra y de la vida lleva como fin incidir en la posibilidad de valorar profundamente la grave crisis ambiental que estamos viviendo, al degradarse y perderse cada vez más los espacios naturales heredados por el tiempo de miles de millones de años. Día con día se extinguen especies que son producto y valor de todo ese tiempo, y se van restando las posibilidades de sobrevivencia para la diversidad biológica.

 

El conocer la comunión entre Tierra y vida no nos dejaría más  opción que seguir maravillándonos y no perder nuestra capacidad de asombro para dedicarnos a defenderla con mucho más energía y tiempo de nuestras vidas.

    

Hacia la formación de la Tierra

 

Pasaron más de diez mil millones de años de evolución en el universo, antes de que el Sol, la Tierra y los planetas existieran. Durante ese tiempo, se formaron miles de millones de galaxias, una de las cuales es la nuestra, la Vía Láctea, que es un conjunto de más de cien mil  millones de estrellas, gas y  polvo, unidos entre sí por su propia gravedad.

 

A partir de la gran explosión inicial, tuvieron que pasar casi un millón de años para que la enorme radiación generada se enfriara hasta permitir la recombinación de los protones y electrones, dando origen a los átomos de hidrógeno y helio e incipientes cantidades de litio y deuterio (hidrógeno molecular) que conforman la composición básica del universo.

 

Las estrellas se forman prácticamente de hidrógeno y helio, mientras que los elementos pesados, que representan menos del 1% de la masa del universo, se han generado dentro de ellas. El 90% de la vida de cualquier estrella, transcurre transformando hidrógeno en helio por reacciones termonucleares (entre diez y treinta millones de grados centígrados). Una vez agotada la cantidad de hidrógeno necesaria en el núcleo para producir dichas reacciones, la estrella primero se contrae, elevándose aún mas la temperatura hacia la región central, lo que provoca la fusión del helio en carbono y oxígeno. La radiación generada produce su expansión hasta convertirla en una gigante roja. Agotada a su vez la cantidad de helio necesaria en el núcleo para producir dicha fusión, la estrella se colapsa formando elementos más pesados y explota (como supernova si es estrella masiva, o nova si es de baja masa) arrojando parte de estos elementos al medio interestelar. Es así como la muerte de las estrellas genera la materia pesada, el polvo galáctico, y devuelven el resto del gas que no consumieron durante su vida.

 

Más de la mitad del gas y polvo interestelar se encuentran  confinados en nubes oscuras y frías (a más de 230 grados centígrados bajo cero), conocidas como nubes moleculares y que deben su nombre a la diversidad de moléculas detectadas en ellas: orgánicas, inestables e inorgánicas como el agua, que al parecer resulta ampliamente distribuida en el cosmos. Las observaciones por medio de radiotelescopios y detectores de infrarrojo, nos muestran que es dentro de las nubes oscuras donde se engendran las estrellas.

 

Nuestro Sol, que es una estrella de baja masa, relativamente joven, se formó hace unos cinco mil millones de años, por un complejo proceso de fragmentación y condensación gravitacional dentro de una nube molecular.

 

Durante la gestación del Sol, una estrella masiva  próxima a la nube hizo explosión (supernova), arrojando cantidad de elementos pesados, y una parte de estos fueron capturados por la gravedad del mismo Sol. Estos elementos se fueron concentrando lentamente para formar núcleos, cuya fuerza de gravedad, cada vez mayor, incrementaba su masa, atrayendo caóticamente materiales pesados y gases moleculares presentes en la nube, dando origen a la Tierra, hace unos 4,600 millones de años, así como a los demás planetas, satélites y miles de millones de cometas, que conforman el sistema solar.

 

Se formó también un cinturón de miles  de asteroides y millones de meteoroides entre las órbitas de Marte y Júpiter que tuvo su origen, según la hipótesis sostenida, en un conjunto de planetesimales que formarían un protoplaneta y que no pudo consolidarse debido a una perturbación gravitacional por un acercamiento al gigante Júpiter.

 

Los fragmentos proyectados bombardearon a los planetas y satélites y, a juzgar por la superficie lunar, esto ocurrió en gran medida  durante los primeros mil 500 millones de años de vida del sistema solar. Aunque este bombardeo ha disminuido considerablemente, en nuestro planeta se impacta por lo menos un asteroide cada diez mil años, que deja un cráter más o menos de un kilometro de longitud. Y llegan continuamente a la superficie terrestre meteoritos y, principalmente, polvo (la Tierra recibe actualmente 19 toneladas diarias en promedio).

 

Es importante señalar que la estimación de la edad de la Tierra se obtuvo, entre otras analogías,  por la medición de las edades isotópicas con los métodos  del uranio y plomo y del rubidio y estroncio en los meteoritos, que resultan ser de alrededor de 4,600 millones de años. Hasta ahora no ha sido encontrada ninguna roca terrestre de edad cercana a esta cifra, y es muy improbable que algún día se pueda encontrar, como veremos adelante. La inferencia de que la edad de los meteoritos podría ser la misma que la de la Tierra, se apoya también en las edades de las rocas y suelos más antiguos de la Luna.

 

 

Su evolución

 

Hace unos 4,600 millones de años (ma), la superficie de nuestro planeta se encontraba casi totalmente en estado incandescente, por el calor propio del proceso de creación de materiales en su reciente formación, y por el impacto de asteroides que impedían la consolidación de su corteza. Mientras tanto, ocurría un proceso de reasentamiento gravitacional en el interior del planeta, que llevó a una subdivisión en capas con densidad creciente y por ser, entre los elementos pesados, el hierro y el níquel los más abundantes, éstos se concentraron en el núcleo junto con cantidades menores de elementos mucho más pesados, algunos de ellos radiactivos.

 

Debido a la alta temperatura del núcleo terrestre y a la energía de rotación, los metales ferromagnéticos (hierro y níquel) en estado líquido, conformaron un sistema electrodinámico generador de un fuerte campo magnético que desde entonces ha protegido la superficie del planeta de la incidencia directa del constante viento solar (que actualmente fluctúa de 300 a 800 km/seg, entre la calma y la tormenta) desviando hacia los polos sus partículas y creando el maravilloso espectáculo de las auroras boreales y australes (aunque no había nadie todavía para observarlas).

 

Gradualmente fue enfriándose la parte externa del planeta y comenzó a  solidificarse la primera corteza terrestre, hace unos cuatro mil millones de años. Es por esto que no se puede saber directamente la edad de la Tierra ya que, como la superficie estaba fundida, no existían aún  rocas  formadas.

 

La Tierra no pudo retener su primera atmósfera de hidrógeno y helio. Estos gases, atrapados originalmente de la nube primigenia, escaparon debido a las altas velocidades del viento solar cuando el Sol era aún más joven.

 

La segunda revolución de la atmósfera de nuestro planeta tuvo lugar cuando el propio reasentamiento gravitacional provocó la expulsión de gases como el hidrógeno, el amoniaco, el metano y gran cantidad de vapor de agua. Las nubes formadas se mantuvieron a altas temperaturas durante millones de años y, gradualmente, se enfriaron hasta condensarse, originando las primeras lluvias, que empezaron a formar los océanos primitivos. Se inician los procesos de erosión y acumulación de sedimentos hasta formar las primeras rocas sedimentarias, hace unos 3,750 ma (que se encuentran en el sudoeste de Groenlandia, la Antártida y Rusia). Estas regiones tan aisladas hoy, pudieron haber formado parte de un solo continente primitivo.

 

La radiación ultravioleta del Sol, jugó un papel muy importante y, en menor grado, los relámpagos, los volcanes y los impactos de asteriodes, como factores de energía, que actuaban con la química atmosférica, el agua de océanos, charcas y suelos, disociando las moléculas simples, para la recombinación de moléculas cada vez más complejas, apareciendo así, las primeras formas de posible origen biogénico (estructura redondeadas tipo algas unicelulares o bacterias anaeróbicas) que, según parece, serían los primeros habitantes de nuestro planeta y, según los registros fósiles hallados en rocas sedimentarias de Onverwatch, Sudáfrica, datan de hace 3,400 a 3,200 ma.

 

Las primeras trazas absolutamente ciertas de la actividad de las algas y las bacterias fueron encontradas en Bulawayo, al sur de Rodesia, en rocas con edades entre los tres mil y 2,700 ma, al igual que en Shark Bay, en la costa oeste de Australia, que datan de 2,900 ma, donde se hallaron estructuras laminares sobre rocas calcáreas (estromatolitos), formadas por fósiles de algas azules, bacterias y arena acumuladas por la acción de las mareas.

 

Un proceso de suma trascendencia en la evolución de la vida durante los siguientes millones de años fue el desarrollo bioquímico de la fotosíntesis a partir de un superpoblamiento de las algas verdiazules en los océanos, muy resistentes a la radiación ultravioleta. El oxígeno liberado se fue acumulando y determinó un nuevo ciclo de la adaptación biológica, la tercera revolución de la atmósfera: los organismos sometidos a este cambio ambiental apenas toleraban el oxígeno; más tarde las células lo incorporaron activamente en su metabolismo.

 

Otro proceso muy importante en la evolución llevó a la aparición de un tipo de célula en la que el material genético se reunió dentro de un núcleo definido, rodeado por una membrana. Estas células nucleadas son capaces de una reproducción sexual avanzada, con lo que las variaciones genéticas de los progenitores pueden pasar a la descendencia en forma de combinaciones nuevas. Dado que la reproducción sexual permite que las nuevas adaptaciones se extiendan rápidamente a través de una población, su desarrollo aceleró la marcha del cambio evolutivo. Más tarde se diferenciaron, en ese proceso, los animales y aparecieron los primeros de cuerpo blando, que datan con más seguridad de hace unos mil 100 ma.

 

Las formas de vida pluricelular, grandes y complejas, que surgieron hace aproximadamente 700 ma, y se diversificaron rápidamente, eran sin excepción alguna formadas por células nucleadas. Éstas dieron origen a los primeros animales con concha y esqueleto hace unos 570 ma, y hace 500 ma, aproximadamente, aparecen los primeros vertebrados: los peces.

 

El estudio de la distribución de los fósiles de vertebrados, ha contribuido como apoyo a las investigaciones respecto al paleomagnetismo, los fondos marinos y la sismología, entre otras, que permiten reconstruir de cierta manera la distribución paleogeográfica de los continentes y su deriva durante los últimos 500 ma. Resulta de especial interés el estudio del paleomagnetismo: muchas rocas se magnetizan permanentemente en el momento en que son formadas, es decir que cuando la lava no se ha solidificado aún, los minerales ferromagnéticos se orientan hacia el campo magnético. Se hace un análisis comparativo entre los registros del campo magnético en rocas antiguas y la dirección del actual, por lo que se puede describir la movilidad de los continentes y fondos marinos en el tiempo.

 

Como si fuera un enorme rompecabezas,  la corteza terrestre está dividida en grandes y pequeñas placas tectónicas (dinámicas) que interactúan básicamente de tres maneras distintas:

 

a)   Se forman las placas, separándose en direcciones opuestas, generalmente por fracturamiento en los fondos marinos, que forman cordilleras submarinas, donde emerge el magma desde el manto terrestre, creando así nueva corteza  -y como la superficie de la Tierra no puede crecer,-  se compensa con lo siguiente:

 

b)   Colisión de placas continentales u oceánicas o entre ambas, que dan origen a la formación de cadenas montañosas, islas volcánicas y trincheras, (donde se hunden unas placas debajo de otras).

 

c)   Deslizamientos transversales de límites de placas en suelos continentales o marinos (fallas).

 

La energía de toda esta dinámica tiene su fuente en el intenso calor que proviene principalmente del decaimiento de los elementos radiactivos, atrapados originalmente en el núcleo terrestre. Al elevarse la temperatura en el manto inferior, se producen movimientos de convección (como si fueran enormes rodillos) que hacen que suba el material caliente y baje el frío; esto provoca que se muevan las placas tectónicas en diferentes velocidades y direcciones, ocasionando en los límites de éstas la mayor actividad sísmica y volcánica del planeta.

 

Mientras los continentes se movían, la vida emergió del agua y los invadió. Hace unos 440 ma, sus primeras formas encontraron en los litorales el terreno virgen y propicio para adaptarse a un ambiente totalmente distinto ya que mantenían una estrecha relación con su medio original. Entre los primeros habitantes continentales destacan algunas especies de hongos, líquenes, insectos y anfibios. Posteriormente se da un poblamiento de musgos, que suceden a los líquenes y, con sus restos, crean un suelo inicial apto para otras plantas más desarrolladas. Más adelante se da un gran poblamiento de helechos arborescentes, que crecen en suelos de arenas húmedas y que contribuyeron fuertemente a la formación de la hulla.

 

Hace aproximadamente 395 ma, se inicia la colisión entre lo que hoy es Europa y norteamérica, desarrollándose la cadena caledoniana (Escandinavia). Entre los 345 y 280 ma, se desarrollan grandes bosques y una gran difusión de insectos alados.

 

Entre los 280 y 225 ma, entran en colisión África y América del norte, originando los montes Apalaches.  Luego se da la colisión entre Asia y Europa, dando origen a los montes Urales. Y hacia el final de esa época se reúnen todas las masas continentales, para formar un solo gran continente: Pangea. Hacia los 215 ma, se establece el reino de los reptiles, que habían evolucionado desde mucho antes a partir de los anfibios, creando una piel resistente a la radiación solar.

 

Hace 190 ma, Pangea comienza a fragmentarse, separándose América del norte de Europa y África, y se comienza a formar un nuevo fondo marino, que dará lugar al océano Atlántico. En ese mismo proceso se separan Groenlandia de América del norte y Europa; Madagascar y la India de África y la Antártida y, finalmente, se separan América del sur de África y la Antártida de Australia. Continúa el reinado de los grandes reptiles (dinosaurios) y aparecen las primeras aves.

 

Después de enseñorearse el planeta por más de 150 ma, los dinosaurios se extinguieron debido al impacto de un gran asteroide, o de un enjambre de cometas, que ocurrió según las evidencias geológicas en Chikchulub, al norte de Yucatán, hace 65 ma, Se estima que por la misma causa desaparecieron de la faz de la Tierra aproximadamente el 60% de las especies que la habitaban (recientemente un hallazgo en ámbar de gotas de sangre de Tyrannosaurus rex, sugiere la posibilidad de encontrarse dna y proteínas de hace 65 ma).

 

Durante los últimos 65 ma, alrededor del 60% de la superficie continental de México se ha cubierto por depósitos sedimentarios y volcánicos por encima de estratos antiguamente formados. Existe evidencia de que diferentes partes de la corteza de México eran fondo marino hace menos de 200 ma, y otras hace menos de 100 ma. La sierra madre occidental se empieza a formar en esa época y la sierra madre oriental hace unos 80 ma, y partes de la sierra madre del sur desarrollan pliegues por compresión hace 60 ma, aproximadamente.

 

Unos 60 ma, atrás se inicia el reinado de los mamíferos y emergen las montañas Rocallosas. Hace 53 ma, entran en colisión la India y Eurasia, dando origen a los Himalayas. Hace 38 ma, se da la colisión entre África y Eurasia, formando los Alpes, los Apeninos, el plegamiento de los Cárpatos en Europa y los montes Atlas en África. Hace 26 ma, empiezan a emerger los Andes. Y hace unos 11 ma, se da gran actividad en el eje neovolcánico mexicano, donde empezarían a formarse los grandes estratovolcanes como el Popocatépetl, el Ixtlacihuatl, el Citlaltépetl y casi unos ocho mil volcanes monogenéticos.

 

Hace unos 20 ma aparecen, según el registro fósil, unos primates llamados driopitécidos, que se parecen mucho a los simios modernos. Entre dos y cuatro ma más tarde, el clima del mundo cambió, se volvió más fresco y seco, por lo que muchos de los bosques en diferentes regiones fueron sustituidos por arbolados y llanuras de herbazales. Los driopitécidos tuvieron que adaptarse al ambiente que cambiaba, o se extinguían. Muchos desaparecieron, pero otros comenzaron a vivir en los límite de los bosques, sobreviviendo un nuevo grupo, el de los ramapitécidos. Se considera que a partir de los ramapitécidos evolucionaron nuestros ancestros homínidos. Prosperaron en África, Asia y Europa, entre 14 y ocho ma, pero donde más fósiles se han encontrado es en las colinas de Siwalik, en Paquistán.

 

Hace unos 2.5 ma, en el valle de Omo y Hadar en Etiopía, se encuentran restos del Homo habilis, que utilizaba ya herramientas de piedra y tenía un cráneo diferente al de los humanos modernos, pero los huesos de su cuerpo parecen haber sido muy semejantes. El cráneo se distinguía del de nosotros por tener una caja cerebral más pequeña (800 cm cúbicos), el rostro más largo y mandíbulas más fuertes y dotadas de grandes dientes. Los fósiles más importantes de Homo habilis provienen de la cañada de Olduvai en Tanzania y de la región este del lago Turkana en Kenia.

 

En ese mismo lago se descubre el fósil más antiguo de Homo erectus de casi 1.5 ma, del cual se logró reconstruir el cráneo más completo de ellos. Los cerebros de los nuevos cráneos tenían de 900 a mil cm cúbicos. El Homo erectus encontrado en las cuevas de Choukoutien en China (hombre de Pekín) data de unos 500 mil años. Existen pruebas claras de que estos hombres hicieron de las cuevas sus hogares y, a juzgar por los enormes montones de ceniza, se sabe que mantuvieron el fuego encendido casi todo el tiempo.

 

Entre el Homo erectus y el Homo sapiens (fósiles de Neandertal de hace casi 130 mil años) se hicieron hallazgos por lo menos en cuatro sitios de Europa y Asia, de neandertalenses que muestran rasgos intermedios de su transición. El cerebro del neandertal era ligeramente más grande que el nuestro y sobrevivieron una gran glaciación hace 70 mil años y en total vivieron casi 100 mil años. Los fósiles y las herramientas de los neandertalenses desaparecen repentinamente del registro fósil europeo hace unos 35 mil años, dando lugar al hombre de Cromagnon, de aspecto más moderno. La evolución física de los humanos en el mundo entero quedó concluida hará unos 20 mil años, ya no hay ningún cambio importante en los cráneos, dientes y esqueletos. Lo que comienza a evolucionar muy rápidamente son las ideas, las destrezas y los modos de vida.

 

Uno de los sitios más antiguos que se conocen donde empieza el desarrollo de la agricultura es Abu Huyera en Siria, hace 11,500 años ya se cosechaba una variedad de trigo así como cebada y centeno. Hace unos diez mil años se desarrolla la propagación de cereales silvestres en una zona conocida como Creciente Fértil al este del Mediterráneo. Hace 7 mil años se cultivaba el mijo en el noreste de China. Hace 6 mil años el maíz en México, así como la calabaza y el frijol y, en la cordillera de los Andes, la papa. En África se domesticaron el sorgo, el ñame, los cacahuates y varios tipos de mijo.

 

Con el desarrollo de la agricultura muchos grupos dejan de ser nómadas y se empiezan a generar los asentamientos humanos, fue así que se dieron gradualmente cambios en el uso del suelo y una demanda creciente de los recursos naturales a medida que va aumentando la población, hasta nuestros días.

 

La Tierra hoy

 

A más de 15 mil millones de años de evolución, habitamos hoy un maravilloso planeta que reúne condiciones intrínsecas y extrínsecas en una serie de complejos sistemas dinámicos que hacen posible la vida en la biósfera; una gran variedad de ecosistemas que contienen millones de especies y un inconmensurable potencial genético.

 

La Tierra, de entre todos los planetas del sistema solar tiene una posición privilegiada con respecto al Sol ya que su órbita se encuentra inmersa dentro de una región conocida como la ecósfera, de suerte que sólo dentro de ésta es posible el agua en estado líquido. Bastaría que los puntos extremos de la órbita elíptica de la Tierra apenas se salieran de la ecósfera para que los océanos se evaporaran o se congelaran.

 

Actualmente se sabe que en el núcleo del Sol, al fusionarse el hidrógeno en helio, se tiene un gasto de 5 millones de toneladas por segundo, que se convierten en radiación emitida en todas direcciones. La Tierra sólo captura menos de una millonésima parte de esa energía en forma de fotones con diferentes longitudes de onda: ondas de radio, radiación infrarroja, luz, rayos ultravioleta (uv), rayos x

 

Los rayos uv y los rayos x, que serían letales para los seres vivos, son absorbidos en gran parte por distintas capas de la atmósfera, como es el caso de la estratósfera, donde el ozono (O3) filtra más de la mitad de los rayos uv. En la tropósfera las nubes, las aguas y los hielos reflejan hasta el 35% de la luz solar, y las cenizas volcánicas y otros aerosoles absorben parte de la radiación infrarroja. Se podría decir que nuestra atmósfera actúa como escudo, como espejo y como esponja.

 

La exposición diferencial de la energía solar recibida en la superficie de la tierra determina los elementos del clima (temperatura, presión, viento, humedad, nubosidad y precipitación) y sus variaciones de acuerdo a la latitud, la altitud, el relieve (orografía), tipos de suelo, cobertura vegetal o la ausencia de ésta, la distribución de tierras y aguas y las corrientes marinas.

 

Tanto las características de la órbita como la inclinación del eje terrestre, son importantes de señalar en cuanto a las variaciones climáticas que producen las estaciones del año. La Tierra por su órbita elíptica, tiene una diferencia con respecto a la distancia del Sol de unos cinco millones de kilómetros en un periodo de seis meses, entre el punto más próximo al astro (perihelio) a 147 millones de kilómetros y el punto más lejano (afelio) a 152 millones de kilómetros (sólo por comparar estas cifras recordemos que el diámetro ecuatorial de la Tierra es de 12,756 kilómetros). Esta diferencia permite que la tierra reciba 7% más de radiación en el perihelio que en el afelio. Esto sucede actualmente cuando es invierno en el hemisferio norte y por ello se da condición ede invierno suave, y es verano en el hemisferio sur donde hay más océanos que tierra (el agua se calienta o se enfría más lentamente que la tierra) y por ello es verano fresco. Y cuando la Tierra está más lejos del Sol es verano fresco en el norte e invierno suave en el sur. Esta condición no es permanente debido a los movimientos de la órbita y el eje, que en miles de años, llevan a temperaturas mucho más extremas.

 

En suma, la energía solar llega servida a la mesa para alimentar los diversos procesos de vida y darle continuidad a los ciclos.

 

Tenemos un planeta geológicamente vivo: los movimientos de continentes y fondos marinos y sus manifestaciones a corto plazo (sismos y volcanes) han generado un complejo y diverso relieve que posibilita  un sinnúmero de microclimas y una gran riqueza de suelos, que permiten la diversidad biológica existente. Si la actividad sísmica y volcánica cesara, en pocos millones de años la corteza continental quedaría aplanada por erosión y equilibrio isostático. Durante ese proceso la biodiversidad iría en declive rápidamente, los vientos serían más fuertes y el clima global tendría cambios severos. Pero tal vez ni siquiera tendremos que esperar ésto. Millones de especies eficientes han logrado sobrevivir a todos los cambios en el pasado y sin embargo hoy día, sólo una, la humana, ha logrado tocar fibras delicadas que ponen en peligro la marcha evolutiva de miles de millones de años. Desde provocar  ya una inercia  climática global impredecible (tal vez será la cuarta revolución de la atmósfera), así como hacer que pronto desaparezcan los ecosistemas tropicales, que albergan más de la mitad de las especies del planeta, y se muera gradualmente la vida en los océanos.

 

A principios de la década de los noventa desaparecían 5,400 metros cuadrados por segundo de selvas tropicales, avanzaban los desiertos casi dos mil metros cuadrados por segundo y al año se extinguían unas 50 mil especies y se perdían 26 mil millones de toneladas de suelo fértil, mientras que la humanidad llega a casi 6 mil millones de habitantes.

 

Si los reptiles tuvieran una visión global de lo que estamos haciendo con la naturaleza, tal vez dirían que somos Infra sapiens, cuando nos ostentamos como Sapiens Sapiens, a pesar de los grandes avances científicos y tecnológicos, de tal suerte que hasta se pretende construir las condiciones para hacer habitable el planeta Marte, que es un desierto a 40ºC bajo cero, cuando en la Tierra tenemos una gran nave llena todavía de posibilidades de vida para millones de especies, cada una maravillosa...

 

 

Reflexiones

 

La humanidad no ha sido capaz de crear vida y mucho menos su diversidad, pero sí de destruirla, y los responsables en el fondo son pocos. Para quienes fomentan la depredación brutal de los recursos naturales y la producción de la contaminación del aire, agua y suelos, eso no es ningún problema, sino un negocio. El 80% de la riqueza económica mundial se concentra en un 20% de la población, pero el 50% de la riqueza global se concentra apenas en el 1% de la población.

 

Actualmente, ensuciar el mundo es un gran negocio y como solución, hasta se cobra por contaminar. Sin embargo, ese dinero no podrá comprar aire, ni suelo, ni ríos, ni mares nuevos, ni mucho menos restituir las especies que se extinguen. Después sólo les quedará dinero que no podrán respirar, ni comer, ni beber, ni tampoco llevárselo a la tumba. ¡Quepoca’lipsis!

 

La vida vale más de 15 mil millones de años, no de pesos, como los que se invierten en algún megaproyecto. Dejemos a un lado el discurso del desarrollo sustentable y hagámoslo realidad. No podemos ser tibios en la defensa de los ecosistemas, de sus especies y de los pueblos y comunidades que ahí habitan ¾que son menos del 1% de la población mundial¾ y que han aprendido con el tiempo a tener una relación de respeto a la naturaleza y que se conciben como parte de ésta, sin destruirla, porque saben que en ella tienen su bebida, su comida, su aire, su farmacia y su supermercado, mientras que otros se afanan en destruirlos y convertir la naturaleza en dinero. Respetemos y apoyemos el cuidado que las comunidades hacen de la naturaleza en bien de la humanidad y de las especies del planeta Tierra.

 

Los procesos en el universo y en la Tierra se han dado sin ninguna prisa, como la que nosotros sí llevamos en los ejes viales, avenidas y calles de las ciudades; sin embargo: ¿cuánto tiempo de nuestra preciosa y corta vida hemos perdido en los semáforos en rojo?  ¿mientras llegan del campo camionadas de recursos naturales que se convierten rápidamente en aire sucio, agua sucia y suelo sucio, qué regresa al campo como pago? Tendremos que cambiar nuestra relación cada vez más alejada de la naturaleza y respetar a los humanos que todavía están cerca de ella, o pronto extinguirnos, llevándonos de paso a  un gran número de las especies.

 

Habría que sumar al costo ambiental, el costo del tiempo del universo, de la Tierra y de las condiciones que han hecho posible el milagro de la vida. En última instancia este impresionante y complejo despliegue de tiempo, de energía, de materia y de vida, ha creado un delicado equilibrio del cual no hemos sabido ser responsables.

 

 

Acerca del autor

 

Luis Miguel Robles Gil C. nació en la ciudad de México en octubre de 1953. Desde los seis años hizo patente su gran interés por la geografía y la astronomía, y desde muy joven manifestó su preocupación por el medio ambiente. Gusta de la música y es aficionado de la guitarra y el ajedrez.

 

Desde 1975 es miembro activo de la Sociedad Astronómica de México (sam) y colabora en diversos números de la revista Universo.

 

En 1980 formó parte de la expedición mexicana al eclipse total de Sol en Kenia, Africa, auspiciada por el Conacyt. En ese mismo año contribuyó con la revisión del artículo “Tectónica de placas” y aportó las ilustraciones y el diseño de portada de la revista Información Científica y Tecnológica (15 de noviembre de 1980); participó también en la revista Ciencia y Desarrollo (Eclipse Anular, mayo de 1984) ambas del Conacyt.

 

Presentó examen de conocimientos generales de Astronomía en el Instituto de Astronomía de la unam y cursó la carrera de Fotografía Profesional en el Colegio Americano de Fotografía y Publicidad “Ansel Adams”.

 

De 1984 a 1989 impartió los cursos Ojos para el universo y Cosmos, Tierra y medio ambiente, en la sam, en la unam y en la uia.

 

En 1991 coordinó la Expedición científica interdisciplinaria de la sam-unam para la observación del eclipse total de Sol del 11 de julio, en Nayarit. Ese mismo año fue nominado como el Fotógrafo del Año, recibiendo del director de Kodak la “Diosa de la Luz”, premio que otorga anualmente la revista Foto Zoom. Ganó también un premio en el vi Concurso nacional de fotografía científica del Centro de Comunicación de la Ciencia de la unam.

 

Desde 1987 ingresó al Pacto de Grupos Ecologistas. Es miembro fundador y coordinador de comunicación del Comité Nacional para la Defensa de los Chimalapas. Miembro fundador y vicepresidente de la Unión de Grupos Ambientalistas, iap. Miembro y vocal de Naturalia ac.

 

 

Para saber más

 

Asimov, Isaac. A choice of catastrophes. Simon and Shouster. Nueva York, Estados Unidos, 1979.

 

Dewey, John F. Tectonica de Placas. En Información Científica y Tecnológica. Conacyt. México, Noviembre 1980.

 

Francis, Peter The Planets. Penguin Books Ltd. Middlesex, Inglaterra, 1981.

 

Kaler, James B. Extreme Stars. En Astronomy Review. Kalmbach Publishing Co. Waukesha Wn, Estados Unidos, enero de 1997.

 

Leakey, Richard E. Orígenes del hombre. Conacyt.. México, 1982.

 

Le Gros, Clark W. E. El testimonio fósil de la evolución humana. Fondo de Cultura Económica. México, 1976.

 

Maderey, Laura Elena. Geografía de la atmósfera. unam. México, 1982.

 

Moorbath, Stephen y otros. El redescubrimiento de la Tierra. Conacyt. México, 1982.

 

Moran-Zenteno, D. J. Breve revisión sobre la evolución tectónica de México. En Geofísica Internacional (revista de la Unión Geofísica Mexicana), vol. 25, núm.1. Instituto de Geofísica de la unam. México, 1986.

 

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Oparin, Alexander. El origen y la evolución de la vida. Editorial Cártago de México, sa. México, 1981.

 

Peimbert, Manuel (compilador). Temas selectos de astrofísica. Biblioteca de Ciencias, unam. México, 1984.

 

Rodríguez, Luis (compilador). La astronomía contemporánea. Dirección General de Difusión Cultural. Dirección Editorial. México, 1985.

 

Roth, Josua. Supernova signs lurk in ice (news notes). En Sky and Telescope Review. Sky Publishing Corporation. Cambridge, Ma., Estados Unidos, junio 1997.

 

Sagan, Carl. Cielo e infierno. En Cosmos. Impresora Formal, sa. México, 1985.

 

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Schopf, J. William. La evolución de las células primitivas. En Investigación y Ciencia (traducción al español de Scientific American).

 

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