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Unión de Grupos Ambientalistas,
I. A. P.

Fauna en Peligro



Fauna en Peligro

 

La humanidad tiene suficientes

razones objetivas para comprender

y dedicarse a salvaguardar a la naturaleza.

Pero la naturaleza no será en definitiva

salvada sino con nuestro espíritu.

Jean Dorst

 

Oscar Moctezuma Orozco

  

¿Para qué sirve una rana?

 

Aunque es una forma extraña de comenzar un ensayo acerca de las especies en peligro de extinción, esta simple pregunta refleja la mentalidad de la mayoría de las personas a las que se les invita a apoyar la conservación de algún animal (en este caso alguna especie de rana), y nos permite comprender la enorme dificultad que implica promover la conservación de las especies.

 

A esta pregunta podemos responder con argumentos que expliquen la importancia ecológica de las ranas: por ejemplo, como parte de las cadenas de alimentación que existen en los ecosistemas que habitan; pero al finalizar nuestra explicación, seguramente la cara de la persona que formuló la pregunta tendrá una expresión de confusión, mezclada con fastidio y aburrimiento. Podemos entonces proceder a explicarle el potencial que tienen las ranas como personajes de caricaturas y series de televisión como Los Muppets, en este momento seguramente su expresión cambiará y empezará a comprender que las ranas quizá sí sirvan para algo. Para terminar de convencerla, restará tan sólo hablarle del gran potencial económico que tiene la explotación comercial de las ancas de las ranas (muy cotizadas como manjar) o las ranas mismas, como motivo en diversos artículos comerciales (playeras estampadas con ranas, macetas y artesanías en forma de rana, etcétera).

 

De esta forma podemos comprobar que desde la óptica de la mayoría de las personas, los animales y demás especies vivientes, tienen un valor sólo en la medida en que tienen una utilidad directa que, de preferencia, brinde beneficios económicos inmediatos. Esto nos ha llevado a clasificar a las especies en aquellas "buenas" o que "sirven" y las que, de acuerdo a nuestros intereses, no tienen utilidad alguna o incluso son "malas" (estas últimas generalmente son las potencialmente peligrosas para el humano o de aspecto desagradable para nosotros).

 

Pero, ¿por qué las valoramos de esta forma? La explicación es compleja y tiene que ver con múltiples factores históricos y culturales que han determinado nuestra forma de pensar, pero sin duda dos han influido más a moldear nuestra actitud y mentalidad en relación con los animales y la naturaleza en general:

 

Hace aproximadamente ocho o diez mil años, durante el neolítico, el ser humano se transformó en una especie sedentaria, al descubrir que podía cultivar las plantas de que normalmente se alimentaba y criar también algunos de los animales que utilizaba. En ese momento, su relación con la naturaleza empezó a cambiar, pues apareció el concepto de propiedad: las plantas y animales que lo rodeaban, que antes no tenían más dueño que el recolector que las aprovechaba o el cazador que cobraba alguna pieza para alimentarse o vestirse, pronto comenzaron a ser parte de su propiedad. Lo mismo sucedió con los ecosistemas que le rodeaban, que a medida que los fue colonizando, también pasaron a formar parte de su propiedad. A partir de este momento, se empezó a asignar un valor a las especies y a los elementos naturales, pero tan sólo en términos utilitarios.

 

Con el surgimiento de la agricultura, comienza la primera gran revolución de la humanidad y quizá la más trascendente. Se produce, entonces, una verdadera explosión demográfica que favorece la rápida colonización de nuevos territorios y el inicio de las primeras civilizaciones. Pero también aparece el concepto de riqueza y se establece el principio de la desigualdad, no sólo entre los mismos seres humanos, sino con los demás seres que le rodean. La riqueza material propició el surgimiento del comercio y la economía moderna, que paulatinamente han reforzado nuestra concepción utilitaria.

 

Ÿ       Desde que la especie humana se transformó en una especie racional, se ha cuestionado su origen y la razón de su existencia. Esto la ha llevado a formular teorías y a desarrollar diversas creencias, muchas de las cuales consideran al humano como una especie superior y en torno a la cual se explica la existencia de todo lo demás (antropocentrismo). Con base en estas creencias, muchas culturas han desarrollado una actitud que considera a la naturaleza como un conjunto de bienes que están a nuestra disposición y cuya existencia sólo se explica en la medida en que sirve a nuestros intereses y necesidades. Por consiguiente, consideramos que es nuestro derecho someter a la naturaleza, y que utilizarla en cualquier forma está justificado, siempre que lo hagamos por satisfacer alguna necesidad (o ambición) humana.

 

Desde luego que la concepción de la naturaleza y las creencias de los diferentes grupos humanos del planeta no son las mismas, de hecho existen muchos de ellos que subsisten en armonía con su entorno y que muestran una actitud de respeto hacia todas las formas de seres vivos que les rodean. Sin embargo, el avance tecnológico alcanzado por la humanidad ha favorecido la comunicación y el intercambio cultural, lo que ha provocado que muchas de estas culturas estén perdiendo sus antiguos valores y, paulatinamente, estén adoptando los de la cultura occidental, que percibe a la naturaleza en la forma anteriormente descrita. De este modo, empezamos a clasificar a las especies vivientes y a los ecosistemas como recursos naturales, es decir, bienes susceptibles de uso y que, hasta hace muy poco tiempo, nos parecían ilimitados.

 

El resultado ha sido que, con base en nuestra concepción de la naturaleza, en nuestras necesidades, nuestros gustos, ambiciones y creencias, hemos adoptado un estilo de vida que, directa o indirectamente, ha estado provocando, cada vez con mayor rapidez, la desaparición de miles de especies de plantas y animales.

 

 

 

¿Qué es y cómo se da la extinción?

 

Se considera que una especie se ha extinguido cuando todos los individuos de esa especie han muerto. Desde que apareció la vida en nuestro planeta, hace aproximadamente 3,600 millones de años, la extinción se ha presentado como un fenómeno natural, pues la misma naturaleza cambiante de la vida y la continua transformación de nuestro planeta y su atmósfera, han provocado, en muchas ocasiones, la extinción repentina o paulatina de infinidad de formas de vida. De hecho, más de dos tercios de las especies que en algún momento de la historia han habitado nuestro planeta, hoy en día están extintas.

 

Los registros fósiles nos muestran que la extinción de las especies es prácticamente inevitable y la supervivencia de las mismas siempre tiene un término. También nos demuestra que, una vez que una especie se ha extinguido, nunca más volverá a aparecer. La competencia entre diferentes especies, los cataclismos geográficos o los fenómenos atmosféricos, han sido algunos de los factores que en el pasado –y aún hoy en día– provocaron la extinción natural de muchas especies. Pero si la extinción es una fenómeno natural, ¿por qué debemos preocuparnos porque en la actualidad también estén desapareciendo muchas especies? La respuesta está en el ritmo al que este fenómeno se esta presentando hoy en día.

 

Ciertamente ha habido varias épocas en la historia de nuestro planeta, en las que una gran cantidad de especies de plantas, animales y otros grupos de seres vivos, se han extinguido; incluso a un ritmo relativamente acelerado. Estas extinciones son conocidas como extinciones masivas, y sin duda el caso más conocido de ellas es la ocurrida a finales del periodo cretácico, hace aproximadamente 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios, después de dominar la Tierra por espacio de más de 140 millones de años. Hoy en día, la teoría más aceptada como explicación a este fenómeno (que coincidió con la desaparición del 50% de la fauna marina, el 14% de las especies dulceacuícolas, todas las especies animales terrestres de más de 25 kilos de peso y muchas otras formas de vida), es que fue producto del impacto de un enorme meteorito contra nuestro planeta que provocó, entre otras alteraciones, la elevación de la temperatura terrestre en más de 10 grados centígrados y un oscurecimiento atmosférico de aproximadamente tres o cuatro meses de duración. Con ello se piensa que, entre otras cosas, se interrumpió la fotosíntesis en las plantas, lo que provocó también la acumulación de una gran cantidad de elementos tóxicos en el aire y otros fenómenos que favorecerían esta extinción masiva.

 

Pero aun en el caso de estas extinciones masivas repentinas, el ritmo al que sucedieron tomó varios miles de años. Se calcula que, en promedio, se extinguió una especie de dinosaurio cada 10 mil años. A este ritmo, la naturaleza ha tenido la capacidad de recuperarse, ya que al extinguirse una especie, otras más adaptables van tomando su lugar hasta dar origen a nuevas especies sustitutas. Sin embargo, este proceso, normalmente, toma también miles de años.

 

Hoy en día el proceso de extinción de los seres vivos ha cambiado cualitativa y cuantitativamente. Actualmente, a diferencia de las extinciones que acontecieron en forma natural en el pasado, la extinción de la mayoría de las especies no es el resultado de un proceso evolutivo o de eventos catastróficos naturales, sino que está directa o indirectamente ocasionada por las diversas actividades humanas. La mayoría de estas extinciones no ha sido documentada, pero se conoce con certeza de al menos 226 especies de vertebrados que han desaparecido desde el siglo xvii.

 

Resulta difícil precisar el ritmo al que están sucediendo las extinciones de las especies vivientes, en gran parte porque la cantidad total de éstas se desconoce, aunque la mayoría de los especialistas consideran que su número oscila alrededor de los 10 millones de especies, aun cuando menos de 2 millones de ellas han sido clasificadas. Sin embargo, tomando en cuenta ciertos indicadores (como el ritmo al que se destruyen algunos ecosistemas), varios científicos han hecho predicciones inquietantes: a fines de los años 70, se consideraba que, mundialmente, podía estar extinguiéndose una especie por día. Para fines de los 90, es decir en la actualidad, el renombrado científico británico Norman Mayers, estimó que podrían estar extinguiéndose docenas de plantas y animales ¡cada hora!

 

Es evidente que, a este ritmo, es imposible que alguna especie se adapte para ocupar el lugar de la que se extingue, por lo que muchas de las interacciones que se dan entre las especies de un ecosistema, para asegurar el funcionamiento sano del mismo (por ejemplo la polinización de las flores, la dispersión de las semillas de las plantas y el control del incremento desmedido de las poblaciones de los animales), se están viendo interrumpidas o seriamente afectadas, amenazando el funcionamiento normal de los ecosistemas y, por consiguiente, su permanencia y la supervivencia de otras especies de seres vivos.

 

Cualquiera que recapacite en esto con detenimiento, podrá concluir que el ser humano, una especie animal más, ha ingresado ya a la lista de especies en peligro de extinción, con la diferencia de que podría ser la única especie que se extinguiera como resultado de factores generados por sus propias actividades.

 

 

Las especies en peligro

 

Para tratar de determinar el grado de amenaza en que se encuentran las especies, los científicos y conservacionistas de todo el mundo han establecido un sistema de clasificación que se basa, principalmente, en el número de individuos o poblaciones de individuos de una especie. Este sistema, sin embargo, en ocasiones ha resultado poco preciso, debido principalmente a que la determinación del tamaño de las poblaciones de las especies, es una tarea complicada y costosa. Esto ha ocasionado que, en la mayoría de los casos, la clasificación de las especies se base más bien en la opinión y experiencia de los especialistas, quienes han establecido las siguientes categorías:

 

Ÿ       Especies extintas o extinguidas. Esta categoría comprende, como ya hemos visto, aquellas especies que han desaparecido globalmente.

 

Ÿ       Especies extirpadas o desaparecidas. Engloba a las especies que han desaparecido en algún país o región del planeta, pero subsisten en otros países o regiones.

 

Ÿ       Especies en peligro de extinción. Se consideran en esta situación, aquellas especies cuya área de distribución o tamaño poblacional han disminuido drásticamente, poniendo en riesgo su viabilidad biológica. Aquellas especies que cuentan con menos de mil ejemplares existentes, se consideran usualmente dentro de esta categoría.

 

Ÿ       Especies amenazadas. Son todas aquellas cuyas poblaciones están disminuyendo notablemente y que, de continuar esta tendencia en el mediano plazo, podrían convertirse en especies en peligro de extinción. Generalmente su número poblacional oscila entre mil y cinco mil ejemplares.

 

Ÿ       Especies raras o frágiles. Son las que de manera natural son poco numerosas y, por lo tanto, son altamente susceptibles a las alteraciones que las actividades humanas provocan en su entorno o en sus poblaciones.

 

Una categoría adicional, que en ocasiones se maneja, es la de las Especies virtualmente extintas, es decir aquellas que no pueden recuperarse aunque todavía vivan algunos ejemplares pertenecientes a esta especie. Ejemplo de ello es el caso de una especie de gorrión de Estados Unidos, de los que hasta hace algunos años todavía subsistían cuatro ejemplares que, infortunadamente, ¡eran todos machos!

 

Todas estas categorías conforman las denominadas listas de especies en riesgo o libros rojos, que nos dan una idea de la cantidad conocida de plantas y animales que están desapareciendo a causa de las diferentes actividades humanas.

 

 

El caso de México

 

La extinción de las especies debida a las actividades humanas, se ha presentado de manera generalizada en todos los países. Sin embargo, la magnitud de la misma varía en cada caso, pues la diversidad biológica mundial no se encuentra distribuida de manera uniforme en nuestro planeta, ya que ciertos factores han propiciado que algunas regiones hayan presentado condiciones más favorables para el establecimiento y diversificación de los grupos de seres vivos. En este caso se encuentra México, que por su ubicación dentro del continente americano, su historia geológica, accidentada topografía y variedad climática, ha presentado características propicias para el desarrollo de una enorme diversidad biológica, que sobresale a nivel mundial como una de las cuatro más ricas.

 

Prácticamente todos los tipos de ecosistemas conocidos se pueden encontrar en México, y en ellos han evolucionado infinidad de especies de plantas y animales. Además, la ubicación de nuestro territorio en la zona de confluencia de las dos grandes regiones biogeográficas del continente americano (la neártica y la neotropical), ha enriquecido la flora y la fauna nacional, por lo que es posible encontrar aquí especies típicas del trópico (como el tapir o el quetzal, por citar algunas) o de las regiones boreales (como el lobo o el borrego cimarrón). Estos factores han influido también en el desarrollo de especies que habitan exclusivamente en nuestro país y que son conocidas como especies endémicas. De hecho, se considera que, dependiendo del grupo de que se trate, entre un 30 y un 50% de los vertebrados mexicanos son especies endémicas.

 

Por mencionar tan sólo algunos ejemplos de lo anterior, basta señalar que en México se han registrado alrededor de 282 especies de anfibios (aproximadamente el 63% de ellas endémicas), lo que nos sitúa en el cuarto sitio en el mundo en diversidad de estos animales. También se han registrado 704 especies de reptiles (con alrededor de 53% de ellas endémicas), lo que nos convierte en el país más diverso en reptiles.

 

En cuanto a los mamíferos, en nuestro país se conocen 449 especies terrestres (33% de ellas endémicas) y 50 marinas, lo que nos sitúa en segundo lugar en riqueza de mamíferos. Las aves también son un grupo muy diverso en México, con alrededor de 1,100 especies registradas (aproximadamente 80 de ellas endémicas), siendo nuestro territorio la región de mayor importancia para las aves migratorias de Norteamérica, ya que, aproximadamente el 51% de ellas, pasan el invierno en alguna región de nuestro país.

 

Los peces son también muy numerosos. Se calcula que en nuestras aguas se encuentran aproximadamente 2,122 especies de peces, 384 son dulceacuícolas y muchas de ellas son endémicas. También los invertebrados mexicanos son muy variados, aunque se carece de censos completos de la mayoría de los grupos; sin embargo, día con día se descubren en nuestro territorio nuevas especies, particularmente de insectos, que constituyen el grupo de seres vivos más diverso sobre el planeta.

 

La situación de toda esta riqueza biológica se ha visto intensamente afectada por las actividades humanas, particularmente durante los últimos 50 años, en los cuales se han destruido muchas regiones y se han eliminado varias especies de plantas y animales.

 

El principal factor que amenaza la supervivencia de la fauna mexicana es la destrucción o alteración de los ecosistemas, ya que de esta forma se están eliminando los recursos que muchas especies que habitan en estos ecosistemas, requieren para sobrevivir. Esta destrucción o alteración se hace en ocasiones en forma accidental (por ejemplo con los incendios provocados por descuidos humanos), pero generalmente es intencional y obedece al desarrollo de alguna actividad productiva, como la explotación forestal, la agricultura, la pesca y la ganadería. Esta última es la actividad productiva primaria de mayor importancia en México, por lo que se ha extendido sobre más del 60% del territorio nacional, ocasionando intensas alteraciones a los ecosistemas naturales.

 

Por medio de estos y otros procesos, se han eliminado mas del 90% de las selvas altas de México, y la mayor parte del territorio nacional (cerca del 80%, según datos oficiales) presenta algún grado de erosión. El índice de desforestación en nuestro país se sitúa alrededor de las 600 mil hectáreas por año, lo que nos convierte en una de las naciones con mayores tasas de desforestación. Adicionalmente, se sabe que la mayor parte de las cuencas hidrológicas mexicanas se encuentran azolvadas o contaminadas. Todo esto ha ocasionado la extinción de varias especies (algunas de las cuales ni siquiera llegamos a conocer) y ha puesto en riesgo de desaparecer a muchas otras.

 

Existen también factores que están afectando la supervivencia de tan sólo determinadas especies de animales. Por ejemplo, ciertas explotaciones forestales son selectivas, es decir que buscan sólo ciertas especies de árboles o aquellos que presentan características específicas de grosor y tamaño. Al eliminar a estos árboles, si bien no se está destruyendo el bosque, se puede estar afectando a ciertas especies que dependen de este tipo de árboles, por ejemplo para anidar, refugiarse o alimentarse.

 

Otro claro ejemplo de esto es la compra y venta ilegal de fauna silvestre que obedece a la demanda que existe (tanto nacional como internacionalmente) de productos derivados de los animales (pieles, carne, huevos) y de mascotas. En la mayoría de los casos esta demanda desencadena una intensa captura y colecta de especies, lo que ha llevado a muchas de ellas al borde de la extinción .

 

El tráfico de fauna silvestre, por ser una actividad ilegal, no permite contar con cifras precisas de su magnitud, sin embargo, estimaciones conservadoras señalan que, por ejemplo, cada año alrededor de 150 mil aves, en su mayoría loros y guacamayas, son contrabandeados hacia Estado Unidos, por la frontera de Méxicocon este país, por donde también llegan a países europeos o asiáticos, como Holanda, Alemania y Japón. Muchos otros animales, como las tarántulas, halcones, serpientes, iguanas, lagartijas y tortugas, entre otros, también son contrabandeados en grandes cantidades cada año.

 

La magnitud exacta del comercio ilegal nacional también se desconoce, pero se considera que puede ser igual o mayor que la del comercio internacional, ya que todos los días se trafica en los mercados de la mayoría de las ciudades de la república con diversas especies animales, como monos, nutrias, loros, guacamayas, martuchas, armadillos, mapaches, tortugas, iguanas, boas, serpientes de cascabel, aves de presa, falsos camaleones, ranas, tarántulas, tucanes y muchas más.

 

La demanda comercial de animales silvestres y sus productos derivados obedece, en la mayoría de los casos, a un desconocimiento de las implicaciones ecológicas y sanitarias que la extracción de especímenes para la venta tiene en sus poblaciones naturales. Por ejemplo, pocas personas saben que muchas veces, para capturar a una cría de mono araña o saraguato para que llegue a las tiendas de mascotas, hay que matar a la madre o algunos otros miembros de la familia que lo protegen. También se ha estimado que, por cada loro que llega vivo a una casa, han muerto entre cinco y diez loros más, debido a los terribles métodos de captura, las inhumanas condiciones de transporte y almacenamiento, la alimentación inadecuada y el gran estrés al que son sometidos, lo que, por ignorancia, convierte a cada comprador en cómplice de la muerte de, al menos, cinco más por cada uno que compramos ilegalmente.

 

Usualmente se desconocen también los riesgos que representa para la salud humana el poseer ciertos animales silvestres, que pueden ser vectores de enfermedades peligrosas para los humanos (zoonosis).

 

Otra de las circunstancias que ha contribuido en gran medida a la demanda popular de fauna silvestre o sus productos, es la existencia de falsas creencias y mitos acerca de las propiedades mágicas y medicinales de algunos animales silvestres, como por ejemplo el mito de que los huevos de tortuga poseen poderes afrodisíacos, la falsa creencia que existe sobre los poderes curativos de la carne de serpientes de cascabel o la creencia de que los colibríes son amuletos para el amor.

 

Uno más de las actividades que está amenazando la supervivencia de la fauna mexicana es la cacería, de la cual hay dos tipos: la cinegética, que tiene por objeto obtener algún trofeo (animales con gran tamaño, grandes cornamentas, etcétera) y la de subsistencia, para obtener básicamente la carne o la piel del animal que se caza. El primer tipo de cacería, si bien no necesariamente es dañino para la supervivencia de las especies (aunque podríamos cuestionarlo seriamente desde el punto de vista ético), requiere de una buena planeación y una vigilancia estricta (lo cual es muy difícil de garantizar en México), a fin de evitar que se cacen más animales de los que sus poblaciones pueden soportar el año. El segundo tipo de cacería (que se considera ilegal en nuestro país) puede afectar considerablemente la supervivencia de aquellas especies que se encuentran en peligro de extinción, ya que no existe ningún tipo de control sobre la cantidad y sexo de los animales que se cazan y la época en que se realiza. Ambos tipos de cacería han sido responsables de la extinción de algunas especies animales en México.

 

Las campañas de control de depredadores (especies consideradas malas), constituyen otro factor que ha afectado particularmente la supervivencia de los grandes y medianos depredadores (en México al oso gris, el oso negro, el lobo, el jaguar, el puma y al coyote), a los que se persigue por el conflicto que se ha establecido con el desarrollo de la ganadería. Para eliminarlos se han utilizado trampas, rifles, venenos (particularmente la estricnina y el 1080) y la destrucción de madrigueras y matanza de cachorros en las mismas.

 

Si bien es cierto que alguno de estos animales puede llegar a atacar al ganado, su peligrosidad y el daño que provocan se ha exagerado. En la mayoría de los casos, los ataques al ganado obedecen a que éste ha desplazado a las presas naturales de estos depredadores (venados, pecaríes, berrendos), por lo que muchas veces las únicas presas que encuentran son vacas, becerros, burros, caballos, borregos y chivos.

 

La introducción de especies exóticas es otro factor que directa e indirectamente ha ocasionado la extinción de muchos animales mexicanos y que actualmente ha puesto a varias especies en peligro de extinción. Las especies exóticas son aquellas que no habitaban en forma natural en nuestro territorio pero que fueron accidental o deliberadamente traídas aquí. Muchas veces estas especies entran en competencia ventajosa con las nativas (por ser más grandes, más adaptables, más agresivas) o dispersan enfermedades que son también exóticas y ante las cuales muchos animales silvestres nativos se hallan indefensos, lo que usualmente ocasiona gran mortandad en sus poblaciones. Este problema ha sido particularmente dañino en el caso de los peces de agua dulce, pues la introducción intencional de peces exóticos (carpas, truchas, mojarras, tilapias, etcétera) a nuestros ríos y lagos, con la finalidad de incrementar las especies disponibles para la pesca deportiva, ha acabado con muchos peces nativos y ha puesto a muchas otros en peligro de extinción.

 

Los hábitos de las especies exóticas pueden ser nocivos también para la fauna nativa. Por ejemplo, en muchas islas mexicanas, la introducción accidental o intencional de cabras y burros domésticos, que posteriormente se han vuelto silvestres (ferales), ha ocasionado que, al multiplicarse excesivamente y sin control, destruyan la vegetación de estas islas, privando a muchas especies animales nativas de alimento, refugio y zonas de anidación, lo que consecuentemente ha provocado su extinción. Muchos animales exóticos, y los domésticos que se han vuelto ferales, se han convertido en verdaderas amenazas para la fauna silvestre. Los ejemplos más notables de esto son las ratas y los gatos que, particularmente en las islas donde el humano los ha llevado, han resultado terribles depredadores de muchos animales nativos. En las islas mexicanas, estas dos especies han provocado la extinción de varias especies de pequeños animales, particularmente aves y roedores.

 

Existen muchos otros elementos que, directa e indirectamente, están dañando la supervivencia de la fauna mexicana, y todos ellos tienen relación con nuestro estilo de vida y provocan efectos sobre los ecosistemas y especies animales. Entre los más notorios se encuentran la contaminación del agua, la contaminación del suelo, la contaminación atmosférica, la producción de basura, el uso de plaguicidas y abonos químicos. Estos problemas se abordan con detalle en otros capítulos de esta guía.

 

Detrás de todos estos problemas existe un factor que no es posible ignorar: la explosión demográfica. En los últimos 300 años, la población humana mundial ha crecido de 450 millones a ¡casi 6 mil millones en la actualidad! Cada año, 90 millones de personas se agregan a la población mundial y sus necesidades mínimas, sus gustos y ambiciones se satisfacen a partir de los que hemos llamado recursos naturales, magnificando el efecto que todos los factores anteriormente descritos tienen sobre la biodiversidad mundial. Si no se detiene el crecimiento demográfico, será muy difícil, si no imposible, evitar la extinción de miles de especies, incluida desde luego la especie humana. Aunque este es un problema espinoso y difícil de tratar, debemos analizarlo y abordarlo con decisión. Para ello debemos comenzar por reconocer que somos la única especie en el planeta cuya población crece sin control (o muy poco). En la naturaleza el crecimiento numérico de las poblaciones de seres vivos está determinado por una serie de factores limitantes que actúan como controles: la disponibilidad de alimento, las enfermedades, los depredadores, etcétera; sólo el ser humano ha sido capaz de alterar a gran escala estos factores y con ello ha incrementado su nivel de vida, su longevidad y el número de sus descendientes. Pero la naturaleza tiene un límite y ya la estamos superando.

 

En cuanto a la fauna, el resultado de toda esta situación en México ha sido la extinción de varias especies. Durante el presente siglo, se han documentado los casos de, al menos, 38 especies de vertebrados mexicanos que se han extinguido o han sido extirpados de nuestro territorio (ver cuadros 1,2,3 y 4). Muchas otras especies de nuestra fauna se encuentren amenazadas o en peligro de extinción. Se calcula que más de una cuarta parte de las especies de vertebrados mexicanos (aproximadamente el 28%), se encuentran incluidas dentro de las diferentes categorías de las listas de especies en riesgo. Una aproximación a estos listados, se encuentra en la Norma Oficial Mexicana nom-059-ecol-1994, publicada en el Diario Oficial de la Federación, el 16 de mayo de 1994. El listado de especies contenido en esta norma, se elaboró a partir de un proceso de consultas con los diversos especialistas que conocen la situación de nuestra flora y fauna silvestres.

 

 

¿Qué se está haciendo?

 

Se están tomando diversas acciones y medidas y deberán incrementarse para detener la extinción de las especies, algunas de ellas a gran escala, como la firma de tratados internacionales para proteger la biodiversidad mundial (como la cites, que intenta regular el comercio mundial de plantas y animales en peligro de extinción) y la creación de reservas que protegen grandes extensiones de ecosistemas y a la flora y fauna que los habitan. La creación y protección efectiva de estas reservas debe incrementarse rápidamente. Algunos científicos consideran que la superficie mínima que debemos proteger en el mundo para salvaguardar lo más básico de la riqueza natural del planeta es el 10% de la superficie terrestre. Sin embargo, actualmente sólo el 2% de la superficie terrestre se encuentra protegida dentro de reservas; muchas de las cuales sólo existen en el papel, es decir, que a pesar de estar decretadas, en la práctica sufren un gran deterioro y poca protección (es el caso de muchas reservas mexicanas). ¿Cuál es el costo de proteger toda esta superficie adicional?, aproximadamente mil millones de dólares para establecer las reservas y 20 millones de dólares anuales para protegerlas y manejarlas. ¿Mucho dinero? quizá si lo es, pero no si consideramos que mundialmente se gastan aproximadamente 100 millones de dólares diarios ¡en armamento!, otro tanto de los absurdos de la vida moderna.

 

Ya sea de manera individual o agrupados en instituciones o asociaciones, los ciudadanos mexicanos han influido sensiblemente en favor de la protección de la naturaleza. Sin embargo, nuestra conciencia y participación social apenas está creciendo y estamos notoriamente rezagados en comparación con otros países de América Latina y el resto del mundo, donde las personas han desarrollado un orgullo por sus riquezas naturales y consideran que conservarlas es una de las principales necesidades en sus países.

 

 

¿Quién participa en la conservación?

 

Principalmente han sido los gobiernos y las instituciones de investigación científicas. También algunas organizaciones que surgieron en todo el mundo hace poco más de 50 años y son conocidas como asociaciones conservacionistas. Basados en la información que generan los estudios desarrollados por lo científicos, los conservacionistas emprenden esfuerzos para asegurar la permanencia y el uso adecuado de las especies y ecosistemas mediante diversas estrategias: desde la reproducción en cautiverio de especies en peligro de extinción (con el fin de recuperar sus poblaciones para reintroducirlas a su hábitat), hasta la creación de reservas naturales y el desarrollo de campañas de educación ambiental y concientización. Aunque cada vez existe una mayor número de ellas en nuestro país, su número y capacidad es insuficiente para atender todos los problemas que se presentan regional y nacionalmente, por lo que es necesario contribuir a fortalecerlas. Algunas de estas agrupaciones se señalan al final de este capítulo.

 

 

¿Cómo se puede prevenir o frenar la extinción de nuestra fauna?

 

La situación es muy grave, pero la opinión generalizada de los conservacionistas es que aún estamos a tiempo de detener y revertir el proceso que está llevando a la extinción a miles de especies de seres vivos. Sin embargo, la solución a este problema, debe empezar por nosotros mismos. Desde luego que ésta muchas veces no están en nuestras manos, pero la participación individual es indispensable para alcanzar esta meta ya que, desgraciadamente, la lucha contra la extinción es una carrera contra el tiempo, no podemos esperar a que nuestros hijos o nietos solucionen los problemas que hoy estamos ocasionando, pues para eso ya será, seguramente, demasiado tarde.

 

La próxima vez que te inviten a participar de alguna manera en la conservación de alguna especie silvestre, en vez de preguntar ¿para qué sirve?, pregunta mejor ¿qué puedo hacer yo para ayudar?

 

Cuadro1. Mamíferos mexicanos extintos o extirpados en el siglo xx. Modificado de Conabio (1977).

 

Mamíferos

Estatus

Causa

Distribución en México

Bisonte americano

(Bison bison)

Extirpada

Cacería

Pastizales de Coahuila, norte de Sonora y Chihuahua

Ciervo americano o wapity (Cervus elaphus)

Extirpada

Cacería

Norte de Sonora y Chihuahua

Nutria marina

(Enhydra lutris)

Extirpada

Cacería

Islas y costa del Pacífico frente a Baja California

Nutria de río del norte

(Lontra canadensis)

Extirpada

Cacería

Río Colorado (Sonora y Baja California)

Foca monje

(Monachus tropicalis)

Extinta

Cacería y destrucción de su hábitat

Islas y costas de la península de Yucatán

Rata de campo de la isla Coronados

(Neotoma bunkeri)

Extinta

Introducción de especies exóticas (gatos)

Isla Coronados, frente a las costas de Baja California en el mar de Cortés (endémica)

Rata arrocera de Nelson

(Oryzomys nelsoni)

Extinta

Introducción de especies exóticas (ratas y gatos)

Islas Marías, Nayarit (endémica)

Ratón de la isla San Pedro Nolasco

(Peromiscus pembertoni)

Extinta

desconocidas

Isla San Pedro Nolasco, frente a las costas de Sonora (endémica)

Conejo de Omiltemi

(Sylvilagus