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Unión de Grupos Ambientalistas,
I. A. P.

¿Periodismo de Ficción o Periodismo Ambiental?


¿Periodismo de ficción o periodismo ambiental?

 

 

Noble oficio el periodismo

cuando la mano de quien lo ejerce

 es limpia y valiente

José Alvarado

 

 

Patricia Cardona

 

 

El periodismo de rutina, ese que cubre la fuente, ese que anda a la caza de la noticia, es un periodismo de ficción. Recoge todos los malabarismos declaracionistas o sensacionalistas que poco o nada tienen que ver con la verdad de los hechos. Porque una cosa es la noticia; otra es la verdad que se esconde detrás de ella. Ésta suele salir a la luz lenta y dolorosamente.

 

El periodismo ambiental es un oficio muy reciente: tendrá una historia de veinte años, apenas está saliendo de su adolescencia. Pero creció a marchas forzadas porque el deterioro del planeta ha requerido con urgencia de profesionales que se ocupen de registrarlo periodísticamente. Un desgaste alarmante de los recursos naturales y de la calidad de vida ha sacudido las conciencias. Los periodistas ambientales, como lobos solitarios, desde siempre ¾aún hoy¾ han pretendido acercar estos hechos a la sociedad.

 

La historia del periodismo ambiental es irregular. Por lo menos en México. Hace muy poco que se ofrecen cursos y seminarios que preparen al comunicador para afrontar una de las tareas más complejas de su carrera, ya que el periodismo ambiental abarca gran diversidad de temas y especialidades como la economía, la medicina, la química, la biología, la psicología e, incluso, el derecho ambiental, por lo que pocos se encuentran preparados para abordarlo con capacidad crítica y poder de discernimiento.

 

El resultado de lo anterior es un periodismo ingenuo y de segunda mano. Me refiero a aquél que es sólo la transcripción de las declaraciones de los especialistas sin que intervenga el criterio del interlocutor. En este sentido no se amplía o verifica lo declarado.

 

Es fácil caer, así, en el amarillismo mercantil o la repetición insensible de estadísticas que difícilmente el lector de un periódico, el radioescucha o televidente pueden asimilar a su vida cotidiana. Igualmente se reproducen, sin traducción al lenguaje periodístico, conceptos científicos complejos. Esto paraliza al receptor pues no hay un objetivo claro, como podría ser el propiciar la transformación de la cultura de consumo en una de cultura ecologista, por ejemplo. Ninguna de las vertientes ofrece una luz respecto a la posible participación del ciudadano en el mejoramiento de su entorno.

 

Ciertamente no es posible exigir una especialización en cada una de las ramas que abarca el periodismo ambiental, pero sí debe haber una trayectoria constante de quien lo ejerce para construir, mediante la experiencia cotidiana, un conocimiento básico que le permita convertirse en un interlocutor con voz propia, con claridad de conducción de la información. Es decir, el periodista debe tener conciencia de por qué y para qué va a publicar tal o cual información. No es suficiente, en el terreno del medio ambiente, simplemente denunciar o alarmar. Desde mi punto de vista, es preciso convertir al periodismo ambiental en un canal de educación informal. Pero muy pocos periodistas permanecen en la fuente o mantienen sus espacios el tiempo necesario para alcanzar esta madurez. Dicen que la memoria del periodista dura 24 horas. Nada de raro tiene, entonces, la volubilidad de su carrera.

 

Hacer un periodismo formativo e informativo es la meta. Ofrecer al ciudadano material para su conciencia, pero sobre todo para sus acciones cotidianas, es la urgencia. La educación formal es lenta y rodeada de difíciles obstáculos. El periodismo es la alternativa, por lo tanto, para inducir a la acción. Sólo la población organizada puede resolver los problemas que nos agobian. Está en su poder transformar hábitos de vida y exigir de los funcionarios eficacia transparente frente a los problemas ambientales. Éste es uno de los principales objetivos del periodismo ambiental.

 

A partir de mi experiencia en la radio he comprobado los beneficios de esta estrategia. La radio permite un tratamiento coloquial, humano, incluso divertido de los temas a tratar. He descubierto que la divulgación de los asuntos ambientales, siempre con respeto a la verdad y objetividad, pero con sentido del humor y haciendo énfasis en los logros positivos de grupos e individuos comprometidos con la restauración del entorno, es la vía directa al corazón del radioescucha. Para inducir a la acción el periodismo debe entrar en la emoción del receptor. Puede fascinar o doler, pero finalmente se está apelando a la sensibilidad, es decir, a lo más noble de la condición humana.

 

El dato frío y distante no conmueve a nadie. Conmover significa poner en movimiento. La indiferencia no induce a nada. El amarillismo escandaloso tampoco: estamos transitando por un periodo de saturación debido a la violencia exacerbada en todos los ámbitos de la vida. La reacción natural es protegerse de la sobreestimulación y la consecuencia es una apatía terrible.

 

Con esta conciencia, el periodista debe cambiar su lenguaje: debe humanizarlo, personalizarlo, acompañándolo de aspectos cotidianos, prácticos y, sobre todo, de investigación real. Esto implica también aprender a acercarse a otro interlocutor: el científico.

 

El periodista no puede trabajar con la terminología difícil del investigador, del especialista. Lamentablemente éste desconfía de la libertad que se toma el periodista con el lenguaje mismo.

 

La comunicación se convierte, entonces, un punto de conflicto y no de encuentro. Un periodista trabaja en el contexto de la velocidad, mientras que el científico está obligado a manejar la paciencia y la terminología rigurosamente académicas. El periodismo es comunicación veloz, pero la ciencia es la generación de conocimiento a partir de la investigación lenta, detallada, sistemática, precisa. Esto crea diferentes ritmos en la comunicación, muchas veces frustrantes para el periodista. Pareciera que hay una desintonía.

 

Y hay más desencuentros. El reportero, generalmente, transcribe información de segunda mano que difícilmente confronta con otra fuente. El científico, por el contrario, genera el conocimiento. Pero lo más grave es que la gran velocidad en la que se desenvuelve el periodista lo conduce, paradójicamente, a una extrema apatía mental. Porque el ritmo vertiginoso de elaboración de un diario, es cruel. Exige noticia, rapidez, audacia y un lenguaje breve, veloz como un dardo, sin que los periodistas tengamos tiempo para detenernos a pensar si estamos registrando verazmente la memoria de los hechos. Por el contrario, la lenta y rigurosa minuciosidad del científico lo convierte en un crítico de la ligereza del informador.

 

Como dijimos anteriormente, el periodista aprovecha, la mayoría de las veces, los estereotipos de una sociedad, aquellas definiciones y declaraciones que resultan inofensivas y que muchas veces son las grandes máscaras que esconden angustiosas verdades. Este es precisamente el origen de la poca credibilidad de muchos medios de información. Pocos periodistas generan información fresca, nueva, de primera mano, mediante la investigación. Hay poco tiempo para esto.

 

El periodismo, como memoria del poder, es hijo obediente. Salvo el generado por los rebeldes solitarios del periodismo crítico, la información se nos presenta desde el horizonte de las instituciones públicas, de las transnacionales, de los organismos y mercados internacionales. Pocas veces salen a la luz pública la voz y los hechos de los grupos e individuos silenciosos pero laboriosos que, comprometidos con su realidad, han encontrado la solución a sus problemas.

 

Desde ese punto de vista, impera el pesimismo. Porque corregir la senda del desarrollo a secas, para encontrar la de un desarrollo sustentable, significa cambio. Pero el statu quo es poderoso, obstaculiza el cambio, al que muchos temen y otros aplazan. Durante la reunión desarrollo sustentable en las ciudades del año 2000 en Manchester, Inglaterra, la conclusión a la que se llegó fue patética: “podremos ver la actualización del desarrollo sustentable hasta dentro de medio siglo”. Esto fue en 1994.

 

El periodismo ambiental es un periodismo de vida o muerte. No hay tiempo que perder, no hay espacio que desperdiciar. Cada reportaje debe ser una invitación a la acción organizada de la población. La solución al problema del medio ambiente está en una colectividad de individuos fuertes. La conciencia de la población organizada es la única vía. No hay gobierno ni dinero en el mundo que pueda, aisladamente, con el problema.

 

México cuenta actualmente con algunas plataformas periodísticas para la divulgación de los temas ambientales. Sus articulistas están entre dos extremos: un extraordinario compromiso y conocimiento de los temas, gracias a la antigüedad en el ejercicio del periodismo ambiental o, por el contrario, una excesiva ingenuidad e inexperiencia debido a que no es fácil que un mismo periodista se mantenga en la fuente, muchas veces por política de la misma empresa que propicia la rotación.

 

Como gremio, ante las instituciones públicas y privadas, estamos dispersos y trabajamos de manera aislada y desigual. Por ello, las autoridades difícilmente sienten la presión de los medios masivos de comunicación y frecuentemente se salen con la suya ante la poca interlocución crítica.

 

Este año algunos reporteros de la fuente nos hemos propuesto trabajar colectivamente, realizando entrevistas en conjunto para borrar esa imagen de dispersión y falta de presencia. Esperamos ejercer mayor rigor, exigir mayor precisión en las respuestas a las preguntas. Esperamos funcionar como un colectivo pensante y crítico capaz de registrar la evolución de los hechos y pedir eficacia, congruencia y claridad en las acciones.

 

No se trata de convertirnos en asociaciones de periodistas ambientales. Éstas fácilmente se burocratizan y pierden su mística. Se trata de operar como un colegio dinámico y tenaz. Nos mueve la convicción de que todos los temas de la vida deben comprometerse con la salud ambiental. Es la penetración de la conciencia ecologista en todas las facetas y dinámicas de una sociedad.


Acerca de la autora

 

Patricia Cardona Lang nació en San José, Costa Rica, donde cursó la carrera de filosofía. En Italia y Francia se especializó en la Escuela Internacional de Antropología Teatral, lo que le permite incursionar en los estudios de la naturaleza y el comportamiento animal (etología) con relación al arte escénico. Es por esta vía que se interesa por la ecología y en 1989 crea el primer suplemento periodístico sobre salud y medio ambiente, Dos mil uno, dentro del periódico Uno más uno, donde labora desde 1977.

 

Debido a esta labor, ha sido invitada por los gobiernos de Japón, Alemania y Canadá para realizar giras de trabajo e investigación periodística ambiental.

 

Es autora de cinco libros acerca del arte escénico y un video referente a la relación artista-naturaleza. Desarrolla un seminario desde 1990; la percepción del espectador está elaborado con los principios de la etología. Patricia pertenece al centro de Investigación, Documentación e Información de la Danza José Limón del Instituto Nacional de Bellas Artes.

 

Ha dictado conferencias y desarrollado su seminario en Estados Unidos, Venezuela, Colombia y Costa Rica, además colabora en los congresos internacionales de antropología teatral en Francia, Italia y Dinamarca.

 

Actualmente está a cargo de la sección de ecología del suplemento Página Uno, del Uno más uno, así como del programa de radio Enciende tu vida, dentro del sistema Radiópolis de Televisa. Asimismo, es colaboradora del Grupo Ecológico Sierra Gorda de Querétaro. La frase de este ensayo va dedicada a ella.

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