Sustancias
Peligrosas
Morir
por la voluntad de otro
es morir dos
veces.
Publio
Siro
Lizbeth López Carrillo
Introducción
Durante
nuestra vida, de manera cotidiana, estamos en contacto
con gran cantidad de sustancias peligrosas. Tales
sustancias diseminadas en el ambiente abarcan compuestos
químicos de índole muy diversa, con el potencial de
causar daños a la salud. Es necesario precisar que, en
este ensayo, entendemos por ambiente al conjunto del
aire que respiramos, el agua que bebemos, los alimentos
que ingerimos y el suelo de nuestro entorno.
Los metales
pesados (entre ellos el plomo, el cadmio y el arsénico)
los plaguicidas en general y los solventes orgánicos
(como el benceno y el tolueno) son ejemplos de
sustancias peligrosas. Todos ellos pueden ingresar al
organismo humano por diferentes vías: al ser ingeridos,
inhalados o por contacto con nuestra piel.
La contaminación
por plomo y la exposición a plaguicidas han sido en años
recientes temas importantes de la salud ambiental en México.
Cada uno de ellos representa una problemática
particular que a continuación se expone.
La figura 1
muestra, de manera sencilla y en términos, la exposición
de cualquier individuo a sustancias peligrosas, es
decir, se trata de un diagrama de la forma en que nos
ponemos en contacto con un agente potencialmente tóxico,
en este caso el plomo.
Figura 1.
Modelo
hipotético de exposición a sustancias peligrosas

Contaminación
por plomo
En función de
la intensidad de la exposición por plomo podemos
distinguir dos grandes categorías que sirven para
subdividir a la población: la primera de mayor
intensidad, corresponde a la exposición ocupacional; la
segunda es la que abarca a la mayoría de la población,
corresponde a la exposición ambiental. Por definición,
la exposición ocupacional al plomo quedaría
restringida a los individuos que se dedican a las
siguientes actividades: 1) la obtención de plomo
incluyendo su extracción a partir de diversos minerales
(natural), y el reciclado de materiales (industria); 2)
su utilización en diversos en función de la intensidad
de la exposición por plomo podemos distinguir dos
grandes categorías que sirven para subdividir a la
población: la primera de mayor intensidad, corresponde
a la exposición ocupacional; la segunda, que es la que
abarca a la mayoría de la población, corresponde a la
exposición ambiental. Por definición, la exposición
ocupacional al plomo quedaría restringida a los
individuos que se dedican a las siguientes actividades:
la obtención del plomo incluyendo su extracción a
partir de diversos minerales procesos industriales,
siendo el principal la fabricación de acumuladores.
Es difícil
decidir dónde termina la exposición ocupacional y se
inicia la de carácter ambiental, ya que existen
traslapos que afectan por lo menos a algunos grupos de
la población; por ejemplo, los trabajadores de las
industrias que utilizan el plomo pueden llevar a sus
hogares esta sustancia peligrosa en sus ropas,
exponiendo también a sus familias.
Ahora bien, la
población en general, que no necesariamente esta en
contacto directo con altos niveles de plomo, adquiere
por la vías respiratoria pequeñas cantidades de dicho
metal, ya que este se encuentra en la atmósfera y
proviene principalmente de las gasolinas, que aunque sea
en menor grado, aún lo contienen como antidetonante. En
México, la fuente de exposición al plomo más
importante para el público es, sin duda, el empleo de
utensilios de barro vidriado para cocinar o almacenar
nuestros alimentos. Con base en varios estudios, se ha
estimado que aproximadamente tres de cada diez mexicanos
utilizan cazuelas de barro para almacenar o cocinar
alimentos.
El plomo que
liberan las vasijas de barro y contamina nuestros
alimentos, proviene precisamente del barniz que se usa
para vidriarlas. Para evitar que el plomo del barniz
pase a los alimentos cuando se utilizan para cocinarlos
o almacenarlos, es indispensable que durante el proceso
de cocimiento de las vasijas se alcance temperaturas
superiores a los 990º C. La consecuencia práctica de
lo anterior es que, nosotros como usuarios, tal vez no
tengamos la certeza de que las vasijas de barro hayan
sido fabricadas con la temperatura requerida, pero si
podemos evitar guardar en ellas agua de limón, agua de
naranja, chiles en vinagre, salsas o cualquier alimento
que por su acidez favorezca que el plomo contenido en el
barniz pase a los alimentos y luego lo ignoramos al
consumirlos.
Una vez que el
plomo ha entrado a nuestro organismo, sin importar que
haya sido por vía respiratoria o digestiva, se fija y
se acumula en nuestros huesos; pero otra porción se
mantiene circulando en la sangre de manera que, en el
caso de las mujeres embarazadas, el plomo puede
atravesar la barrera placentaria y llegar al feto. De
esta forma se explica que los bebés al nacer tengan ya
niveles detectables (y algunas veces elevados) de plomo
en la sangre. Además, en la mujer lactante, el plomo
que se encuentra circulando en la sangre se puede
difundir hacía las glándulas mamarias y contaminar la
leche, aumentando así en el recién nacido que consume
esa leche, una exposición que ya se había iniciado
desde el embarazo.
Los resultados
de algunas investigaciones científicas sugieren que
entre los adultos los niveles elevados de plomo
circulante podrían ser una de las causas de incremento
sostenido de la presión arterial, es decir de la
enfermedad llamada hipertensión arterial. Por otra
parte, entre los hombres, este metal se ha encontrado
asociado con un incremento del riesgo de tener
esterilidad. También, se ha observado que al
embarazarse, las mujeres con altos niveles de plomo
tienen una posibilidad mayor de tener un aborto
espontaneo o de que, en el caso de que el embarazo se
mantenga, el producta nazca en forma prematura, o que su
peso al nacer sea menor de 2,500 gramos; es decir, que
nazca un bebé de bajo peso aun cuando el embarazo haya
durado mas de 36 semanas.
Finalmente, se
ha encontrado que los niños con mayores niveles de
plomo tienen un menor coeficiente intelectual por lo
que, un niño expuesto a un nivel elevado de plomo desde
le embarazo o en la primera infancia, no alcanzara un óptimo
desarrollo neuroconductual.
En México y
en muchos otros países se han hecho esfuerzos para
disminuir la contaminación por plomo y prevenir sus
efectos adversos sobre la salud. No obstante, hasta
ahora ha sido imposible eliminar la exposición a este
contaminante y además, es preciso reconocerlo para
actuar en consecuencia ya persisten áreas geográficas
y grupos poblacionales mas afectados que otros.
Para
ejemplificar la magnitud de este problema, basta
mencionar los resultados de un estudio recientemente
publicado, que se efectúo en una población de niños
de uno a cuatro años residentes del municipio de
Chimalhuacán, que es un área suburbana adyacente a la
ciudad de México dónde predomina la pobreza. Después
de analizar 371 muestras de sangre se encontró que, en
promedio, esta población infantil tenía
concentraciones de 15.0 + - 8.5 Mg/dl de plomo en la
sangre, lo cual es elevado ya que según las
recomendaciones internacionales el nivel máximo
permisible es de 10 Mg/dl.
Más aun, es
importante anotar que el resultado anterior esta
presentado como un promedio; es decir, como una medida
de resumen por arriba de lo cual se encuentra alrededor
de la mitad de la población estudiada. En
contraste, al considerar los porcentajes de niños con
niveles de plomo en sangre mayores de 10Mg/dl (ver
figura 2), se observo que casi siete de cada diez niños
( el 67.5%) (23.6% + 22.8% + 21%) estudiados tenían
niveles de plomo en sangre inaceptables, es decir, que
estaban intoxicados con plomo.
De todo esto,
lo más grave fue que el 5.6% (casi 6 de cada 100) de
los niños ubicados en la categoría de mayor exposición
( Ê20
Mg/dl ) tenían niveles de plomo en sangre iguales o
mayores a 40 Mg/dl de plomo en sangre. Lo anterior
indica que estos niños requerían un tratamiento médico
inmediato, pero ni sus padres ni los proveedores de
servicios de salud es esa área eran concientes de ello.
Figura 2.

Al investigar
las fuentes de exposición al plomo que pudieran
explicar los niveles encontrados en ese estudio, se
identifico que los hijos de aquellas madres que
acostumbran cocinar y almacenar los alimentos en vasijas
de barro-vidriado, tuvieron una posibilidad tres veces
mayor de tener niveles de plomo en la sangre iguales o
mayores de 20 Mg/dl.
Este problema
no se circunscribe a poblaciones de bajos recursos económicos.
Lo anterior se evidencia al considerar los resultados de
otro estudio similar al anterior elaborado con niños de
mayor nivel socioeconómico, residentes en la delegación
Tlalpan. En esa investigación se estimo que el 32% de
los niños estudiados tenían niveles de plomo iguales o
mayores de 10Mg/dl; también se encontró que el uso de
vasijas de barro vidriado fue mas común en los hogares
de los niños que tuvieron mayores niveles de plomo en
la sangre.
En virtud de
los niveles de plomo en sangre observados en los niños
que participaron en los estudios antes mencionados podríamos
suponer que algunos habrían ya sufrido daños en su
desarrollo neuroconductual. En otras palabras, muchos de
estos pequeños tendrían un mejor desempeño escolar si
se hubiera evitado o disminuido su exposición al plomo,
y muy probablemente podría haber bastado con evitar la
utilización excesiva de vasijas y cazuelas de barro.
Para disminuir
la exposición al plomo, se han planteado soluciones
tecnologicas y culturales. Una de ellas sería la
fabricación de un barniz sin plomo, para emplearlo en
el proceso de vidriado de los utensilios de barro. Otra
es la sustitución o la adecuación de los hornos que se
utilizan para el cocimiento artesanal de estas vasijas,
de manera que alcancen las temperaturas adecuadas para
que después los utensilios no liberen el plomo
contenido en el barniz. Una tercera, factible de
inmediato y de tipo cultural, es la de evitar que se
sigan empleando tales utensilios para preparar y
almacenar los alimentos. Esto ultimo requiere la clara y
decidida implantación de programas que informen y
eduquen a la población acerca de los peligros del uso
de los artículos de barro en la preparación y
almacenamiento de alimentos y que se destinen sólo para
ornato. También deberán ofrecerse opciones y apoyo a
los productores y comercializadores de estos utensilios
de barro, que tanto arraigo cultural tienen en nuestra
sociedad. En otras palabras, se requiere de una vigorosa
participación del Estado, pero también de una amplia y
extensa participación de nosotros los ciudadanos en
complemento y apoyo a las acciones de reducción y
prevención de los daños que produce una sustancia
peligrosa de tanta importancia como lo es el plomo.
Pero además
del plomo, existen muchas otras sustancias peligrosas,
las cuales, desafortunadamente, no es tan simple
eliminar del ambiente, al menos en un plazo corto o
mediano. Tal es la situación con los productos químicos
organoclorados.
Contaminación
por DDT
Al hablar de
sustancias organocloradas nos referimos a un amplio
conjunto de productos químicas peligrosas con
aplicaciones industriales muy variadas, pero lo más común
es su uso como plaguicidas. El mejor conocido de estos
plaguicidas es, sin lugar a dudas, el DDT.
Estas siglas corresponden a su nombre químico
que es dicloro difenil tricloroetano. El DDT se ha
utilizado en México por más de 50 años. Actualmente,
están prohibidas tanto
su producción como su aplicación en la mayoría de los
países desarrollados; en México, la utilización del
DDT se restringió al programa de control del paludismo
desde principios de la década de los setenta.
De acuerdo con
lo que se muestra en la figura 1, en la actualidad la
exposición ocupacional al DDT abarcaría solamente el
proceso de su fabricación (obtención industrial) y su
empleo en el programa del control del paludismo. Durante
años más remotos, cuando esta sustancia peligrosa se
utilizó en la agricultura, existió un numero mucho mayor de trabajadores expuesto directamente al
DDT.
Uno de los
aspectos más importantes en relación con esta
sustancia es que tiene una larga vida media: es decir,
que el DDT permanece por muchos años en el ambiente,
particularmente, bajo la forma química de DDE (que es
el principal metabolito del DDT), debido a dos características
muy importantes: 1) que es muy soluble en las grasas ( o
sea que tiene una alta liposolubilidad); y 2) que el DDE
es poco biodegradable. Por lo tanto, cuando se detecta
la presencia del DDT tenemos evidencia de una exposición
reciente, mientras que la detección del DDE indica una
exposición antigua.
El DDT y el
DDE se pueden encontrar principalmente en los alimentos
cárnicos y lácteos y de esta manera llegan al ser
humano, cuando no ha tenido lugar una exposición
directa. Como ya se mencionó, el DDE es la sustancia
que se almacena en los organismos de los animales, de
manera tal que los compartimientos que contienen grasa
(el tejido adiposo y la sangre) constituyen los depósitos
del DDE en el ser humano. Ambas sustancias ( el DDT y el
DDE) pueden también ser eliminadas a través de la
leche materna, debido a que esta contiene grasa. Además,
el DDT puede atravesar la placenta y llegar al feto
durante el embarazo.
Recientemente,
el DDT y otras 11 sustancias peligrosas ( que son las
siguientes: aldrín, dieldrín, endrín, mirex,
hexaclorobenceno, toraxeno, clordano, hepatocloro,
furanos, dioxinas y los bifenilos policlorados) se han
agrupado para propósitos de investigación y control
ambiental debido a que comparten la capacidad de inducir
alteraciones al sistema endocrino. En inglés, este
grupo de sustancias peligrosas se denomina endocrine
disruptors, que en español podría traducirse como diruptores
endocrinos, uniendo el prefijo griego di-
que significa a través de con el sustantivo proveniente
del latín ruptor, que es sinónimo de interrupción o
alteración o desavenencia. En todo caso, la atención
es definir a un grupo de, “…agentes exógenos que
interfieren con la síntesis, secreción, transporte,
transferencia, enlace, acción o eliminación de las
hormonas naturales en el organismo, las cuales son
responsables de mantener homeostasis, reproducción,
desarrollo y/o comportamiento humano.”
Los daños
biológicos derivados de la utilización del DDT han
sido documentados, principalmente, en la vida silvestre.
Uno de los primeros antecedentes fue la observación de
que los cocodrilos del lago Apopka en Estados Unidos,
altamente contaminado por DDT, sufrieron una reducción
en el tamaño de sus genitales externos, es decir, se
encontró un efecto de feminización en esos reptiles.
Por otra
parte, un estudio publicado recientemente en una de las
mas prestigiadas revistas médicas del mundo, informo
acerca de un decremento de más del 50% en la densidad
de los espermatozoides en el semen de los seres humanos.
Según los datos presentados en este trabajo, la
concentración de espermatozoides por mililitro de semen
que era de 113 millones en 1940, bajo a 66 millones en
1990. Hasta ahora no ha sido posible ofrecer una
explicación convincente para al anterior fenómeno,
pero algunos científicos sospechan que podría tratarse
de un efecto equivalente al de la feminización de los
reptiles antes referida y, por lo tanto, tratarse de un
efecto potencial de la vasta contaminación del ambiente
con los diruptores endócrinos.
Figura 3.
Las observaciones
antes señaladas y otras mas sugieren que el DDT y otros
productos químicos similares podrían, al menos en
parte, ser responsables del decremento de las tasas de
fecundidad que se ha observado en varios países del
mundo. Además, se ha pensado que el DDT podría ser una
de las causas de ciertos cánceres (como el mamario y el
testicular) y producir alteraciones del sistema inmunológico.
Las
investigaciones científicas desarrolladas en México
han demostrado que, efectivamente, existen niveles de
DDT y DDE en los alimentos, principalmente aquellos con
mayores contenidos de grasas. Según los resultados de
un estudio reciente el 30% de las muestras de carne y el
43.5% de las muestras de leche de vaca analizadas contenían
residuos de DDT y DDE; lo cual pone en evidencia, como
ya se explico anteriormente, tanto una exposición
reciente (residuos de DDT) como otra ya antigua
(residuos de DDE).
También
se encontró DDE en muestras de leche materna, de sangre
y de tejido adiposo, obtenidas de mujeres que habían
residido en la ciudad de México, por lo menos, durante
los últimos 20 años (cuadro 5). Estos hallazgos
prueban la persistencia de la exposición al DDT, misma
que no se limita a las áreas donde se encuentra activo
el programa de control del paludismo, sino que llega
también a zonas donde no se ha rociado esa sustancia
desde hace muchos años, como es el caso de la ciudad de
México.
En
el contexto descrito, las autoridades gubernamentales
han mostrado el interés y la voluntad política para
dejar de utilizar el DDT en el país. Para tal efecto se
ha previsto la eliminación paulatina de esta sustancia
en un periodo de diez años. Al mismo tiempo, se están
evaluando otros métodos de control del paludismo que
resulten adecuados desde las perspectivas sanitarias,
cultural, económica y ambiental.
Desafortunadamente,
como consumidores no es mucho lo que podemos hacer para
prevenir la exposición al DDT; pues no tenemos forma de
saber cuándo nuestros alimentos están contaminados con
esta sustancia peligrosa. Tampoco sería razonable
sugerir que se redujera la lactancia al seno materno,
pues no existen evidencias definitivas acerca de los daños
que el DDT podría causarle al recién nacido y en
cambio, sí se conocen los beneficios de la alimentación
con leche materna.
Mientras
llegamos a eliminar completamente la aplicación del DDT
en México, las únicas medidas pertinentes son las de
evitar la exposición directa a esta sustancia y retirar
los alimentos durante los rociados domiciliarios que se
llevan a cabo en las áreas donde persiste la epidemia
del paludismo.-
Hasta
aquí se han ejemplificado dos situaciones diferentes de
exposición a sustancias peligrosas. En la primera, que
es el caso del plomo, el conocimiento científico es más
claro en cuanto a las fuentes de exposición y también
en cuanto a los daños que este metal causa a la salud.
En el país se cuenta con una normatividad que establece
actividades concretas para combatir la exposición
al plomo, pero todavía esa sustancia es un importante
problema de salud pública.
En
el segundo caso, la ciencia no ha ofrecido resultados
contundentes acerca de los daños que puede ocasionar la
exposición a un disruptor del sistema endocrino
humano como el DDT. Hasta ahora, solamente cuenta con
los hallazgos que se refieren a las alteraciones que
esta sustancia produce en la vida de algunas especies
animales, en base a tales observaciones podemos suponer
que el DDT debe causar algunos daños también a
los seres humanos, pero se requieren estudios de muy
variada naturaleza, algunos de ellos de costo elevado,
duración prolongado y con importantes restricciones de
carácter ético.
¿Qué
hacer?
En
ambos casos de contaminación (por plomo y DDT), se
cuenta con la voluntad y el apoyo material de los
gobiernos y de agencias internacionales para encontrar
soluciones que elimines el uso de estas sustancias
peligrosas. No obstante, los esquemas de acción que se
han postulado tendrán una efectividad limitada en la
medida en que la población potencialmente afectada, es
decir nosotros los ciudadanos, sigamos careciendo de la
información adecuada y suficiente para participar
activamente en la prevención y el control de los
riesgos que tales sustancias significan para nuestra
salud. Nunca será excesivo el énfasis que podamos
darle a nuestra participación como focos de reproducción
y diseminación del conocimiento y a las acciones que de
manera individual y grupal contribuyan a prevenir estos
problemas.
Tal
vez el aspecto de mayor importancia es que cada uno de
nosotros, como individuos y parte de una comunidad,
demandamos la participación responsable y continua de
los medios de comunicación, desde la televisión y la
radio, hasta los medios impresos (incluyendo los libros
escolares), para que nos proporcionen información veraz
y oportuna acerca de estos y otros problemas. Es decir
que logremos crear una cultura seria y comprometida
respecto a la información que ayude a mantener y a
mejorar nuestra salud. El segundo aspecto se refiere a
participar activamente y con la seriedad que el
asunto lo amerita, en la difusión de estos
conocimientos y en la adopción de conductas saludables,
tanto entre nuestros colegas, como entre los integrantes
de nuestras familias y entre nuestros amigos, vecinos y,
finalmente, en la comunidad de la cual formamos parte.
La
salud y la enfermedad no son condiciones determinadas
por el azar. Al contrario, junto con las condiciones
sociales, políticas y económicas que afectan nuestra
vida desde antes de nacer, cada uno de nosotros
contribuye con mucho a mantener o a perder la salud.
Nuestros hábitos y costumbres, así como el resto de
nuestros quehaceres cotidianos (por ejemplo, nuestra
ocupación y las condiciones en las que la
desarrollamos), pueden favorecer de manera muy
importante la posibilidad de mantener una mejor salud,
pero también, con mayor frecuencia, contribuyen a la
aparición de muchas enfermedades en nosotros mismos y
en los demás integrantes de nuestras familias y de la
sociedad.
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Acerca de la autora
Lizbeth
López Carrillo, nació en la ciudad de México el 3 de
Octubre de 1960. Se gradúo de Química Farmacobiológa
en la Universidad Lasalle en el año de 1982. En 1985,
obtuvo el grado de maestra en Salud Pública y dos años
más tarde término la maestría en ciencias en
Epidemiología en la Escuela de Salud Pública de
México. Realizó sus estudios de doctorado en Salud Pública
con énfasis en salud ambiental, en la Universidad de
Yale.
Ha
desempeñado diversas tareas profesionales, como química
responsable del laboratorio de Toxicología en los
Laboratorios Nacionales de Salud Pública, jefe del
Departamento de Investigación de Enfermedades Crónicas
en la Dirección General de Epidemiología y directora
de investigación en Desarrollo y Salud en el Instituto
Nacional de Salud Pública.
Es
autora de 35 artículos científicos y material de
difusión, ha escrito diez libros y capítulos de libros
y ha dirigido siete tesis de posgrado. Cuenta con cinco
premios nacionales en investigación epidemiológica y
el reconocimiento por parte del Sistema Nacional de
Investigadores como investigadora nacional.
Forma
parte de la Secretaría del capítulo latinoamericano en
la Sociedad Internacional de Epidemiología Ambiental y
participa como dictaminadora en la revista Salud Pública
de México y en la revista Enviromental Health
Perspectives.
Actualmente
desarrollo el proyecto sobre la contaminación ambiental
y salud reproductiva como becaria de la Fundación
MacArthur. Lizbeth irradia entusiasmo y alegría, tiene
una verdadera pasión por la medicina que se traduce en
elevado profesionalismo y corresponsabilidad social.