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La Alimetación: díez mitos
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La alimentación: diez mitos

 

Y nuestro desnutrido pueblo gasta más,

pero mucho más, en agua embotellada y refrescos

que en leche o en otros productos alimenticios,

que podrían mejorar su nutrición

Arturo Almada

Frances Moore

Joseph Collins

Copider

 

Introducción

 

 

Primer Mito

 

La causa del hambre es la escasez, tanto de alimentos como de tierra. Atribuir el hambre a la escasez es una forma de culpar a la naturaleza de los problemas creados por el ser humano No hay razón, sin embargo, para culpar a nadie por los límites naturales de la Tierra. El hambre existe junto con la abundancia. Esto es lo indignante.

 

Si se consideran las disponibilidades globales, hay alimentos suficientes para todos. Más aun: una porción importante de los recursos para producir alimentos se encuentra sin aprovechamiento alguno en muchas partes del mundo.

 

Se produce sobre la Tierra la cantidad de granos para proporcionar a toda la población suficientes proteínas y tres mil calorías por día, o sea, la ingestión de calorías del estadunidense medio, una tercera parte de esas calorías potenciales se emplea actualmente para alimentar al ganado. Esta dosis de tres mil calorías, además, no incluye frijoles, tubérculos, frutas, nueces ni carne no producida a base de granos.

 

Las estimaciones globales significan poco, salvo para desechar la idea, ampliamente difundida, de que hemos llegado al límite de la capacidad de nuestro planeta. Lo que importa es que existan adecuados recursos para producir alimentos en las áreas donde la gente tiene más hambre.

 

Tales recursos existen. Sin embargo, de manera invariable, se les subutiliza o mal emplea, a fin de atender las demandas de quienes ya se encuentran adecuadamente alimentados.

 

En la mayor parte de los países en que la gente está hambrienta, grandes terratenientes controlan casi toda la tierra. Un estudio efectuado en 83 países mostró que poco más del tres por ciento de los poseedores de tierra, con 46 hectáreas o más, controlaba casi el 80 por ciento de toda la tierra agrícola. Estos grandes terratenientes, empero, son los menos productivos. En un corte seccional de los países estudiados, se reveló de manera consistente que obtenían menores rendimientos por hectárea que los agricultores más pequeños, como se describirá más adelante. Además, muchos grandes terratenientes, que retenían la tierra como inversión, no como fuente de aprovisionamiento de alimentos, dejaban sin cultivar considerables superficies.

 

Adicionalmente, la baja productividad en el Tercer Mundo refleja el hecho de que los campesinos pobres tampoco son tan productivos como podrían. Los terratenientes más grandes e influyentes monopolizan el acceso al crédito, a los servicios de extensión agrícola y a los mercados.

 

Tal subutilización de los recursos para la producción de alimentos caracteriza a todas las sociedades en que la tierra se encuentra controlada por unos pocos y en la que quienes trabajan la tierra no tienen directo control sobre los frutos de su esfuerzo.

 

En los países en que la gente está hambrienta, la tierra se utiliza poco… y mal. Donde la mayoría de la gente tiene demasiado poco dinero para hacer valer sus necesidades en el mercado, los recursos para la producción de alimentos se encuentran al servicio de quienes pueden pagar –las capas superiores de cada sociedad y los mercados altamente remuneradores del exterior. Se expanden de ese modo los cultivos de lujo, al tiempo que se descuida la producción básica–.

 

La pauta que desvía los recursos para la producción de alimentos hacia los grupos que en la actualidad ya se encuentran bien alimentados continúa, incluso ante la perspectiva de hambruna. Las exportaciones agrícolas de los países del Sahel aumentaron dramáticamente durante los primeros años de la década actual, a pesar del agravamiento de la sequía y del hambre generalizada.

 

La escasez, en consecuencia, no es la causa del hambre. La ilusión de la escasez es consecuencia de las extremas desigualdades en el control de los recursos para producir alimentos, que bloquean su desarrollo y distorsionan su empleo.

 

 

 

Segundo mito

 

Hay demasiada gente en relación con los recursos agrícolas disponibles. No existe, en relidad, país alguno que carezca de los recursos agrícolas necesarios para alimentar a su población. Lo que hemos aprendido es que, como los alimentos se compran y venden en sociedades donde prevalecen grandes desigualdades de ingreso, la gravedad del hambre nada tienen que ver con la cantidades de alimentos que se produce por persona. De manera semejante, la relación entre el hambre y la tierra no resulta ser cuestión de cantidad; el hambre tiene mucho menos que ver con la extensión de la tierra que con su control. De quién controla la tierra depende cómo será empleada o mantenida ociosa y quién se beneficiará de sus frutos.

 

Si el exceso de población fuera causa de hambre, debería esperarse que ésta fuese más grave en los países que tienen más población por hectárea cultivada.

 

También se encuentran países que, en términos comparativos, disponen de grandes cantidades de tierra agrícola por persona pero que, aun así, enfrentan algunas de las condiciones más severas y crónicas de hambre en el mundo.

 

Las altas tasas de nacimiento son sintomáticas de los fracasos del sistema social. El acelerado crecimiento de la población refleja a menudo la necesidad de la gente de tener muchos niños, en un intento de allegarse trabajadores para aumentar el magro ingreso familiar, lograr seguridad en la vejez y compensar la alta tasa de mortalidad infantil, resultado de la nutrición y la atención sanitaria inadecuadas.

 

Las altas tasas de natalidad son reflejo del estado de desamparo de las mujeres, que se ve exacerbado por la pobreza. En la mayor parte de los casos, a mayor pobreza corresponde mayor opresión de las mujeres. Las tasas de natalidad no disminuyen hasta que las mujeres consiguen controlar las decisiones de reproducción, un proceso que no puede realizarse al margen del de la conquista de la autodeterminación económica por parte de hombres y mujeres por igual.

 

Tercer mito

 

El hambre quedará atrás si nos concentramos en el aumento de la producción de alimentos. Puesto que la causa real del hambre no es la escasez de alimentos, el incremento de la producción, por sí mismo, nunca la eliminará. De hecho, una concepción miope, centrada en el mero incremento de la producción, ha logrado en muchos países que aumente la cantidad de alimentos por persona, pero en estos mismos países se observa ahora más hambre que antes. No se trata de una simple coincidencia.

 

Cuando la nueva tecnología agrícola se incorpora a una sistema basado en desigualdades del poder, sólo beneficia a quienes poseen alguna combinación de tierra, dinero, crédito e influencia política. Esta discriminación ha bastado para excluir a la mayor parte de la población rural del mundo y a todos los hambrientos.

 

La productividad que puede obtenerse con las nuevas tecnologías atrae a una nueva clase de productores: prestamistas, burócratas, especuladores urbanos, corporaciones extranjeras. Su irrupción infla los precios de la tierra, que en las áreas de la revolución verde en la India, por ejemplo, subió de tres a cinco veces en pocos años. Las rentas se elevan en la misma proporción que el valor de la tierra, expulsando a los propietarios y medieros a las filas de los campesinos sin tierra. Ante las nuevas posibilidades de ganancia, los latifundistas expulsan a los pequeños propietarios y cultivan la tierra con la nueva maquinaria agrícola.

 

Al centrar la atención en el monto total de la producción, el desarrollo rural se ha transformado en un problema técnico: el de proporcionar los insumos adecuados, por lo general producidos en el exterior, a los agricultores modernos, que invariablemente se encuentran en buena posición. Nos referimos a este enfoque centrado en la producción como un enfoque miope precisamente porque ignora la realidad social del hambre: –que los hambrientos son aquellos que controlan pocos o nulos recursos para producir alimentos. La modernización agrícola no es más que un espejismo de desarrollo rural, un espejismo que socava los intereses de la mayoría de la población rural, a fin de servir los de unos cuantos– grandes terratenientes, prestamistas, industriales, burócratas e inversionistas extranjeros.

 

La verdadera tarea consiste en iniciar la transformación social que permitirá a los hambrientos ser los que tomen las decisiones y por ende sus beneficiarios, liberando la gran potencialidad de la gente que desarrolla conjuntamente sus propias habilidades y recursos locales. Este es un genuino desarrollo rural.

 

En los países en los que los recursos agrícolas son todavía considerados como fuente de riqueza individual, la orientación miope que busca incrementar los montos totales de la producción termina por excluir a la mayoría de los habitantes rurales del control de los procesos productivos. Según hemos podido observar, ser excluido de la producción significa ser excluido del consumo.

 

Cuarto mito

 

Para alcanzar la seguridad alimentaria, nuestro hambriento planeta debe depender de los grandes terratenientes. Los gobiernos, las agencias internacionales de crédito y los programas de asistencia técnica del exterior han dejado de lado a los pequeños productores porque han creído que concentrarse en los grandes terratenientes es el camino más rápido para aumentar la producción.

 

De hecho, sin embargo, el pequeño productor es por lo general más productivo, a menudo mucho más productivo, que el agricultor grande.

Los pequeños productores obtienen más de la tierra precisamente porque sobreviven con los magros recursos que se les ha permitido poseer. Las pequeños productores plantan más cuidadosamente que una máquina, mezclan o rotan cultivos complementarios, escogen una combinación de cultivo y ganado intensiva de mano de obra y sobre todo, explotan al máximo sus recursos sensiblemente limitados. Saben, mejor que nadie, aprovechar su propio esfuerzo. Además, en las explotaciones administradas de manera familiar o cooperativa se sabe que es necesario proteger la fertilidad del suelo. Desde luego, la conservación del suelo es imposible cuando los campesinos son desplazados a las laderas de las colinas y a otras tierras marginales por la usurpación de la élite rural.

 

A menudo, desean heredar la tierra a su propia descendencia. Saben, asimismo, que si emplean de manera inadecuada su posesión actual no tienen abierta la opción elemental de apoderarse de tierra menos maltratada (una práctica habitual entre los productores más ricos). Por eso la cuidan más.

 

En contraste, lo más probable es que los grandes terratenientes, para los cuales la tierra es sólo una fuente de ganancia, la utilicen inadecuadamente, con de un monocultivo continuo que agota el suelo, y apliquen demasiados productos químicos para el control de plagas. En otros casos, los grandes terratenientes subutilizan la tierra pues para ellos no constituye la base de su sustento cotidiano. Estudios elaborados en todo el mundo acerca de la revolución verde han mostrado que aún cuando los grandes productores han sido favorecidos por grandes inversiones en la nueva tecnología de semillas y fertilizantes, el valor agregado por hectárea sigue siendo menor en las grandes explotaciones que en las pequeñas.

 

Muchos creen que nuestra seguridad alimentaria se refuerza encomendando la producción a los grandes empresarios agrícolas. El fundamental engaño latente en ello, sin embargo, es que los pequeños productores y los trabajadores sin tierra se ven excluidos todavía más de la producción, como acabamos de ver, y los terratenientes enriquecidos de nuevo se expanden y mecanizan. Se le permite a un número cada vez menor de gente que cultive o adquiera alimentos adecuados. Al ampliarse el círculo de pobreza, el mercado nacional de alimentos se estanca e incluso se contrae. Al estancarse el mercado interno, ¿hacia dónde orientan su producción los empresarios agrícolas? Hacia mercados de alto ingreso reducidos estratos de habitantes urbanos y consumidores del exterior.

Lejos de contribuir a aumentar la seguridad alimentaria, los enfoques que acentúan la desigualdad en el control de los recursos productivos provocan, de hecho, lo contrario. La experiencia nos enseña que la única solución para el hambre radica en un plan consciente para reducir la desigualdad en todos los niveles. Una distribución democrática del control sobre los recursos agrícolas no sólo disminuye la desigualdad, sino que también puede conducir al logro de avances en la producción. Lo más importante es que ésta es la única garantía de que los hambrientos podrán comer lo que se produzca.

Si la reforma agraria es llevada a cabo por una burocracia para lo cual la gente es simplemente un recipiente pasivo de los favores gubernamentales, prosigue la vieja pauta de dependencia. Acaso el único cambio real se derive de la actitud benévola del grupo gobernante y tal actitud no podrá ser duradera cuando no se traduce, en un plazo breve, en una participación real de la gente en el control de los recursos.

El proceso de reforma agraria es, por tanto tan crucial como la reforma misma. La gente debe deliberar en grupo para decidir de qué manera desean distribuir la tierra y para dar solución a los problemas causados por reclamaciones en conflicto. La experiencia de la reforma agraria se convertirá, de esa manera en una valiosa educación social, que capacitará a la gente en la tarea nueva de la administración colectiva.

Quinto mito

 

Nos encontramos ante una encrucijada trágica. El incremento necesario en la producción de alimentos sólo puede lograrse a costa de la integridad ecológica de nuestros recursos para la producción de alimentos. El uso de pesticidas tendrá que aumentar, aunque representen grandes riesgos. Será preciso extender los cultivos sobre las tierras marginales, incluso al precio de una erosión irreparable. Si en verdad nos proponemos atender las legítimas necesidades de alimentos de la gente ¿no será acaso indispensable aumentar el uso de pesticidas? Dada la urgente necesidad de producir más alimentos, ¿tendremos que aceptar los riesgos ambientales y de salud que perecen inevitablemente asociados al empleo de productos químicos mortíferos?

Para adoptar una posición respecto a esta cuestión crucial, es útil averiguar, ante todo, en qué grado depende de los pesticidas la producción actual de alimentos en el mundo. En Estados Unidos, alrededor de 554 millones de kilos de pesticidas se descargan en el medio ambiente cada año. Cabría pensar que esta cifra asombrosa (2.7 kilos por habitante, 30 por ciento del total mundial) significa que prácticamente cada hectárea de los suelos agrícolas norteamericanos recibe alguna dosis de veneno letal. Si esto es así, la abundancia estadounidense de alimentos sería entonces un triunfo pecaminoso que en sí mismo llevaría su penitencia. Los hechos, sin embargo, no permiten llegar a estas conclusiones.

Hecho uno, alrededor de una tercera parte de los pesticidas en Estados Unidos no se emplean en suelos agrícolas sino en campos de golf, parques y jardines.

Hecho dos, sólo alrededor de cinco por ciento de la tierra dedicada a cultivos y forrajes en la nación es tratada con insecticidas, 15 por ciento con herbicidas y 0.5 por ciento con fungicidas.

Hecho tres, alrededor de la mitad de todos los insecticidas aplicados en la agricultura estadounidense se emplea en cultivos no alimentarios. Sólo el algodón recibe casi la mitad (47 por ciento) de todos los insecticidas empleados. Debe observarse que, incluso en este caso, la mitad de la superficie del país dedicada al algodón no es tratada en absoluto con insecticidas.

Hecho cuatro, la Agencia para la Protección del Medio Ambiente de los Estados Unidos (epa) estima que hace 30 años los agricultores estadounidense utilizaban 22.6 millones de kilos de pesticidas y perdían 7 por ciento de sus cultivos antes de la cosecha. En la actualidad, los agricultores utilizan doce veces más pesticidas, pero el porcentaje de pérdidas en los cultivos antes de la cosecha casi se ha duplicado.

 

Hecho cinco, aun cuando se eliminaran todos los pesticidas, las pérdidas debidas a plagas (insectos, microbios patógenos, malas yerbas, mamíferos, pájaros) sólo aumentarían alrededor de 7 puntos en el porcentaje, al pesar de 33.6 a 40.7 por ciento. Tal estimación no toma en cuenta las posibilidades de emplear métodos alternativos a los productos químicos.

 

En cuanto a los países subdesarrollados, ¿qué puede decirse?, ¿ayudan allí los pesticidas a producir alimentos para la gente hambrienta?

 

En estos países la mayor parte de los pesticidas se emplean en las cosechas de exportación (principalmente algodón y, en menor grado, legumbres y frutas) que se plantan de manera uniforme en grandes extensiones, hecho que, como es sabido, agrava los problemas de plagas. Las cantidades de pesticidas que se introducen en el medio ambiente mundial tienen, por lo tanto, muy poco que ver con las necesidades alimentarias de los hambrientos.

 

Las opciones a los pesticidas químicos –rotación o intercalación de cultivos, uso de mezclas de estiércol, desyerbe a mano, limpieza con azadón, recolección de huevecillos de los insectos, aprovechamiento de los depredadores naturales, etcétera– son numerosas y han demostrado ser efectivas. El primer paso, sin embargo, consiste en fumigar solamente cuando se presenta la necesidad concreta. Los productores de algodón en el condado de Graham, Arizona, descubrieron que podrían reducir a su décima parte el daño de las plagas y a su quinta parte los costos del control de las mismas fumigando únicamente ante un brote específico, en vez de hacerlo ciegamente, conforme al calendario recomendado por los fabricantes de pesticidas. Los chinos han reducido al mínimo el uso de pesticidas a través de un sistema nacional de aviso anticipado. En el distrito de Shao-tung, en la provincia de Honan, diez mil jóvenes forman equipos de supervisión que recorren los campos y reportan cualquier señal de daño causado por plagas. Se les llama, atinadamente, los “doctores descalzos de la agricultura”, han logrado reducir el daño causado por la roya del trigo, el barrenador del trigo y el barrenador del arroz a menos del uno por ciento y mantener bajo control las invasiones de langosta.

 

Todas estas opciones podrían aumentar el número de personas que sería posible emplear productivamente en la agricultura, aprovechando de esa manera el recurso más subutilizado de un país, al tiempo que se reduce la dependencia de los insumos importados. Para que se prefieran estas opciones, sin embargo, es preciso contar con la motivación de productores que no abriguen incertidumbres en cuanto a la tenencia, individual o de grupo, sobre la tierra que trabajan. Técnicas claramente confiables desde el punto de vista ambiental para el control de plagas jamás se desarrollarán ni emplearán en forma generalizada mientras la cuestión se enfoque como un problema meramente técnico que deben resolver las corporaciones químicas que buscan maximizar sus ganancias.

 

 

Sexto mito

 

La principal esperanza de desarrollo de un país atrasado consiste en exportar cultivos en que tenga “ventajas naturales” y emplear los ingresos que obtenga de esa manera para importar alimentos y bienes industriales. Por mucho tiempo nos pareció natural que un país estuviese dedicado a un cultivo único: plátano en Honduras, café en Brasil, cacao en Gana, azúcar en Cuba. Para un país subdesarrollado, el problema no parecía radicar en esa concentración en uno o dos cultivos de exportación, sino en la obtención de mejores precios para sus productos. En realidad, no hay nada inevitable en esa concentración en unos cuantos cultivos, por lo general de escaso valor nutritivo. Los poderes coloniales que seleccionaron esos cultivos se basaron exclusivamente en el criterio de las ganancias en los mercados internacionales. En esa misma tierra en donde ahora se cultiva cacao, café, caucho, té o azúcar podría producirse una increíble variedad de cultivos alimenticios como –cereales, legumbre de alta proteína, verduras, frutas y tubérculos–.

 

La concentración en uno o dos cultivos tampoco representa ninguna ventaja. Tal dependencia es fuente de vulnerabilidad tanto económica como política. Las enormes fluctuaciones de precios asociados a los cultivos tropicales, que a menudo se combinan con plantas de lenta maduración (un árbol de café, por ejemplo necesita cinco años para madurar), hacen que la planeación para el desarrollo resulte una pesadilla.

 

Gente preocupada por estos problemas trata frecuentemente de luchar contra el hambre bajo la bandera de una relación más justa de precios del intercambio para las exportaciones del Tercer Mundo. Citan ejemplos de cuánto más café o plátanos se necesitan hoy para comprar un tractor respecto a lo que se requería hace 20 años. Destacan con acierto que el valor de las exportaciones agrícolas no ha mantenido el mismo ritmo que los precios crecientes de los bienes manufacturados importados. Incluso en el comercio agrícola, los países subdesarrollados resultan claros perdedores.

 

Aun cuando una parte de los ingresos de divisas se utiliza para importar alimentos, las importaciones no son generalmente de productos básicos, sino de artículos para atender las preferencias de las clases más acomodadas, casi exclusivamente urbanas.

 

El éxito de la agricultura de exportación puede ser causa adicional del deterioro de la situación de la población rural. Cuando los precios de un producto suben, los arrendatarios y los agricultores de subsistencia se ven en peligro de perder sus tierras, a medida que los grandes terratenientes amplían sus propiedades para aprovechar la situación de los altos precios del producto. Más aún, un aumento en el precio mundial de un producto puede disparar un proceso inflacionario que se traduzca en una reducción del ingreso real del trabajador de plantación o del productor campesino.

 

Los gobiernos que dan prioridad a las exportaciones agrícolas son gobiernos que reprimen implacablemente los movimientos por redistribución de la tierra y por otras reformas sociales democráticas. El salario mínimo legal para los trabajadores agrícolas, por ejemplo, no se pone en vigencia, alegándose que ello restaría competitividad a las exportaciones. Tales gobiernos declaran inafectables por la reforma agraria las tierras que producen para exportar y, por lo mismo, reducen la producción alimentaria local a medida que los productores se desplazan a cultivos de exportación para no verse obligados a vender sus tierras.

 

Finalmente, las operaciones agrícolas orientadas a la exportación importan invariablemente tecnologías intensivas de capital, como fertilizantes químicos y pesticidas, tanto para optimizar los rendimientos como para lograr los patrones de belleza y las especificaciones de procesamiento del mercado extranjero. Basar un sistema agrícola en tecnologías importadas contribuye a asegurar que lo que produzca se exportará, para pagar la cuenta de las importaciones. Es un círculo vicioso de dependencia.

Comprometerse con la auto-dependencia alimentaria cerraría la brecha entre el ingreso y los servicios rurales y urbanos, haciendo del campo un lugar atractivo para vivir.

 

Séptimo mito

 

El hambre es una lucha entre el mundo rico y el mundo pobre. Términos como mundo hambriento y mundo pobre nos hacen pensar en masas uniformemente hambrientas. Esconden la realidad de sociedades verticalmente estratificadas en los que el hambre aflige a los peldaños más bajos tanto en los países subdesarrollados como en los países industriales, incluyendo a los Estados Unidos. Términos como éstos sitúan al hambre en un lugar y, generalmente, un lugar de por ahí. En vez de ser el resultado de un proceso social, el hambre aparece como un hecho estático, un dato geográfico.

 

Peor aún: la falta de discriminación de estas etiquetas nos lleva a creer que todos los que viven en un “país hambriento” tienen el interés común de eliminar el hambre. Así, al considerar un país subdesarrollado asumimos que sus funcionarios gubernamentales representan a la mayoría hambrienta. Nos sentimos entonces tentados por la idea de que las concesiones que se otorguen a esos gobiernos, por ejemplo mediante aranceles más bajos a sus exportaciones o un aumento en la inversión extranjera, representan automáticamente un progreso para los hambrientos. De hecho, tal progreso lo sería solamente para las élites y sus socios, las compañías transnacionales.

 

Más aún, el planteamiento de un mundo rico contra un mundo pobre hace que los hambrientos aparezcan como una amenaza para el bienestar material de las mayorías en los países industrialmente desarrollados. Para el estadunidense o europeo medio, los hambrientos son el enemigo que, en palabras de Lyndon Johnson “requiere lo que nosotros tenemos”. En verdad, sin embargo, no se vencerá al hambre hasta que los ciudadanos medios de países como Estados Unidos perciban que los hambrientos en el extranjero, como en México, son sus aliados, no sus enemigos.

 

Los hambrientos en los países subdesarrollados y el estadunidense o europeo medio están unidos por una amenaza común: el creciente control sobre los alimentos, tanto dentro de los países como a escala global. El mismo proceso de aumento de la concentración del control sobre la tierra y sobre otros recursos productivos, que hemos identificado como la causa directa del hambre en los países subdesarrollados, está avanzando precisamente en los países desarrollados.

 

Los oligopolios, ayudados por las agencias gubernamentales e internacionales, están expandiendo en la actualidad sus operaciones a los países subdesarrollados. La Del Monte exporta ahora piñas de Kenia y de Filipinas a Estados Unidos, Europa y Japón; la House ob Bud, subsidiaria europea de la productora de lechuga de California, transporta por avión productos frescos de Africa a Europa; y los jets de la United Brands traen flores de América Central a los Estados Unidos. Estas firmas del agronegocio multinacional se están ocupando con diligencia de crear una granja global para servir al supermercado global. Al encontrar lugares de producción en los países subdesarrollados donde la tierra y la mano de obra pueden costar apenas el 10 por ciento de su valor en Estados Unidos, las grandes compañías alimentarias están trasladando la producción de artículos de alto valor –verduras y legumbres, frutas, flores y carne– fuera de países como los Estados Unidos. Encuentran socios dispuestos en las élites extranjeras, las cuales, al agravar la pobreza de la mayor parte de la población local, han deprimido el mercado interno para lo que producen.

 

Bajo la bandera de la interdependencia alimentaria, las corporaciones del agronegocio transnacional están creando ahora un único sistema agrícola mundial en el que ellos ejercerán un control integrado de todas las etapas de producción, desde la unidad productiva hasta el consumidor. Si tienen éxito, podrán por primera vez manipular con eficacia el abastecimiento y los precios internacionales, mediante prácticas monopólicas ya bien establecidas en los Estados Unidos. Los agricultores, los trabajadores y los consumidores están ya experimentando, en todas partes, los costos de la monopolización de los alimentos en términos de escasez artificial, aumento de precios y reducción de la calidad.

 

La granja y el supermercado globales crean el tipo de interdependencia que nadie necesita. Interdependencia en un mundo de desigualdades extremas de poder, se convierte en una cortina de humo para la usurpación de los recursos alimentarios por unos pocos para unos pocos.

 

Octavo mito

 

Los campesinos están tan oprimidos, desnutridos y condicionados a un estado de dependencia, que ya no son capaces de movilizarse por sí mismos. Tal punto de vista deja por completo de lado una realidad fundamental. A causa de la manera selectiva en que se nos transmiten las noticias, frecuentemente no nos damos cuenta de las valientes luchas que libran millones de personas en todas partes para obtener el control de los recursos para producir alimentos que por derecho les pertenecen.

 

Con frecuencia, los hechos llegan a través de filtros que no nos llevan a identificarnos con la gente común, sino con las élites gobernantes.

 

Muchos de los que cuestionan qué pueden hacer los campesinos por sí mismos no parecen darse cuenta de que, en el curso de la historia y en países que comprenden más del 40% de la población del mundo en desarrollo, la gente se ha liberado del hambre por su propio esfuerzo. Para contrarrestar el mito del pobre pasivo se deben encontrar fuentes de noticias que vayan más allá de la información selectiva y filtrada que nos ofrece la mayor parte de los medios masivos.

 

Noveno mito

 

Las sociedad que han eliminado el hambre lo han hecho al precio de cancelar los derechos de la gente. Parece haber una estrecha relación entre la libertad y la liquidación del hambre. Este mito paraliza a gente bien intencionada acaso más que cualquier otro. Plantea cuestiones críticas que es preciso enfrentar. Pero no podemos lograr una clara formulación de estas cuestiones mientras no corrijamos las múltiples distorciones que el mito contiene.

 

En primer lugar, implica que las sociedades que no llevan adelante cambios estructurales para acabar con el hambre poseen, al menos, mayor libertad. La gente de países en donde el hambre y otras formas de pobreza son una realidad generalizada.

 

Quizá la más básica de la libertades sea la de lograr seguridad para uno mismo y para los seres queridos, pero en muchos países –en la actualidad la mayoría de los países del mundo–, la vida es cada vez más insegura. En otras palabra, sin participación alguna en el control de los activos productivos de sus propios países, ¿cuánta libertad efectiva puede tener la gente?

En vez de una noción simplista que considera la posibilidad de que la libertad deba sacrificarse por eliminar el hambre, nos hallamos ante una situación muy compleja, cuajada de problemas difíciles de resolver. Pero también encontramos motivos de esperanza. Aunque ningún pueblo sobre la tierra posea ya una sociedad modelo, que fusione cabalmente las necesidades individuales y las de la comunidad, tenemos mucho que aprender de los pueblos que están empeñados en el proceso de lograrlo.

 

Una lección que nos ofrece la historia es que cuando las personas se empeñan activamente en decidir cómo se deben usar los recursos, no solamente se benefician de ello, sino que además pude lograrse que la producción se incremente.

 

Una segunda lección se refiere a la necesidad de un sistema de planeación que se base en la comunidad pero cuyo alcance abarque a toda la sociedad. Se ha popularizado la idea de que la planeación está asociada a una forma de gobierno totalitaria, que opera de arriba a abajo. Esta asociación simplista ignora dos hechos básicos. En una economía controlada en forma privada se supone que no existe planeación, pero ésta en realidad se lleva a cabo: la efectúan unos pocos, los que controlan los recursos productivos, y la practican para su propio beneficio. Sólo ese tipo de planeación, o la que imponga un gobierno autoritario, tiene que ser de arriba a abajo. Y la experiencia nos muestra que tal tipo de planeación no puede ser efectiva.

 

Una planeación social efectiva sólo puede organizarse a partir de la descentralización de la autoridad, de tal modo que cada región puede buscar las soluciones más apropiadas. La planeación efectiva no significa simplemente establecer cuotas, metas y tareas. Consiste en la organización de una estructura de comunicación inteligente y flexible entre los cuerpos gubernamentales y las comunidades.

 

La planeación social no excluye el mercado; la diferencia radica en que en una sociedad cuya finalidad conciente es satisfacer las necesidades de toda la gente, la planeación puede utilizar al mercado, en vez de ser gobernada por él.

 

En los países que están logrando auténticos avances en la lucha contra el hambre la agricultura adquiere un sentido prioritario. Son los demás sectores los que deben contribuir a su desarrollo, devolviendo de esta manera, siquiera en parte, las aportaciones que la agricultura hizo en el pasado para darles la configuración que ahora tienen. Lo más interesante es que este enfoque realmente sirve al interés de todos: al mismo tiempo que mejora las condiciones de vida en el campo, permite que se les produzca en función de las necesidades sociales y de acuerdo con las capacidades productivas reales, en vez de hacerlo de acuerdo con los intereses de los terratenientes, los intermediarios o las corporaciones transnacionales.

 

Décimo mito

 

La solución al problema de los alimentos no está en el campo, sino en la industria y en las ciudades. No podemos confiar esta delicada tarea a los campesinos tradicionales, que desaparecerán sin remedio –y para su propio beneficio– cuando se logre la modernización empresarial de la agricultura. Estamos ante un mito cuidadosamente cultivado por los intereses a que sirve. El daño que causa este mito radica en la media verdad que ofrece: al plantear que existe una relación directa entre la necesidad real de modernizar las explotaciones agrícolas y la liquidación de los campesinos, genera la impresión de que estamos, simplemente, ante el doloroso costo social del progreso. De esta manera, quienes se ocupan seriamente del desarrollo rural y de aumentar la producción de alimentos se consideran obligados a luchar contra el tradicionalismo de los campesinos, as vencer sus resistencias al cambio y a impulsar formas de organización del trabajo que los expulsan de sus comunidades y los llevan a engrosar las filas de los desempleados en las ciudades.

 

Este enfoque simplista y miope de la cuestión tiene una atractiva apariencia. A los héroes clásicos de la lucha contra el hambre –la irrigación, la selección de semillas, el mejoramiento de las prácticas de cultivo y de los procedimientos de almacenamiento y conservación– la era moderna ha agregado una constelación de nuevos héroes: el tractor, el fertilizante químico, el pesticida, la semilla mejorada. La gran revolución agrícola realizada en algunos países con ayuda de estos héroes ha llevado a pensar que la solución moderna a los problemas se encuentra ahora en la industria y en las ciudades: en la industria, para producir los equipos y las materias químicas que elevarán la productividad de la tierra y del trabajo. Y en las ciudades, para crear suficientes empleos y absorber a los campesinos desplazados por las nuevas técnicas.

 

El problema no radica solamente en la trampa mental que parece conducir a un callejón sin salida. La experiencia demuestra que en la mayor parte de los países subdesarrollados la industria no ha sido capaz de enfrentar el reto de producción y empleos. Y las ciudades hipertrofiadas son cada vez más menos capaces de dar cabida productiva a la enorme masa de migrantes rurales: campesinos que se ven incapacitados de lograr su superviviencia en sus comunidades, ante la penetración de agricultores comerciales y ganaderos, y que se dirigen a las ciudades con una esperanza que muy pocos pueden ver cumplida. Si la única salida estuviera realmente en la industria y en las ciudades estaríamos ante una perspectiva apocalíptica de problemas sin solución.

 

El problemas principal es más profundo. Se nos condiciona a aceptar que el desempleo, la marginación, la perturbación ambiental, constituyen el precio inevitable de la modernización y se nos tranquiliza con la idea de que estos fenómenos temporales desaparecerán con la propia modernización. Así, el mito impide ver que el verdadero problema se encuentra en el control y modo de empleo de los recursos sociales y que la modernización puede lograrse con los campesinos y no contra ellos.

 

No se trata de negar el papel de la tecnología en el desarrollo. La cuestión no consiste en declararse en pro o en contra de la tecnología. Lo importante es preguntarse: ¿a quién beneficia la tecnología? No es siquiera el tipo de tecnología. Incluso la llamada tecnología apropiada para uso en pequeña escala, por la gran tecnología en los países atrasados, puede socavar aún más la posición de los pobres en una sociedad estructurada contra ellos.

 

Para avanzar en la dirección correcta, necesitamos entender a fondo que una estrategia concentrada exclusivamente en el incremento de la producción y las mejoras tecnológicas, sin tomar en cuenta quiénes controlan los procesos productivos y se benefician de ello, no es una estrategia o una tecnología neutral. No nos ahorra tiempo esto es, no resuelve, por lo pronto, el problema de la alimentación, dando así un plazo de gracia para enfrentar otras cuestiones sociales más difíciles como el control social de los recursos productivos o la creación de una sociedad más justa. En realidad nos hace retroceder y contribuye a agravar al hambre y el empobrecimiento de la mayoría.

 

Conclusiones

 

Hemos mencionado, al referirnos a estos mitos, el enfoque miope que orienta la producción hacia las exportaciones, con uso de las nuevas tecnologías y con el pretexto de las ventajas comparativas. Pero es importante subrayar que la agricultura de exportación en países donde cunde el hambre es sólo un reflejo del problema, no el problema mismo: expresa el empobrecimiento de una gran parte de la población local y corresponde a los intereses de una élite. Aunque se suspendieran todas las exportaciones agrícolas seguirían existiendo hambrientos: aquellos que están excluidos de un control genuino de los recursos productivos alimentarios de un país. Pero la orientación a la exportación es una fuerza activa. El aumento en los precios de los productos básicos pone en peligro de perder su tierra a los pequeños propietarios y a los productores de autoconsumo y puede desatar procesos inflacionarios que provoquen una caída en los ingresos reales de los trabajadores.

La agricultura de exportación no es, en sí misma, el enemigo. Pero las necesidades alimentarias básicas deben ser satisfechas localmente. La autodependencia alimentaria básica, o sea, un abasto seguro de la seguridad de la gente es la base de su auténtico desarrollo social y productivo. Ningún país puede negociar con éxito en el comercio internacional si se encuentra ante la urgencia de vender lo que tenga para importar los alimentos que permitirán evitar el hambre generalizada.

 

Al analizar los mitos, se ha insistido en la trampa mental que considera que los grandes empresarios agrícolas tienen el know-how que hace falta para producir alimentos y el sólo hecho de haber crecido tanto es prueba de su eficiencia. El mito pretende hacer creer que un sistema alimentario antidemocrático, donde unos pocos tienen el control de los recursos productivos, es de hecho más productivo cuando, en realidad, tal sistema subutiliza y despilfarra, de manera inevitable, esos recurso productivos.

 

La desigualdad en el control de los recursos productivos conduce también a su subdesarrollo, entre otras cosas porque distorsiona las motivaciones de la gente para impulsar su mejora. Los trabajadores no tienen ya interés en cuidar la tierra o mejorarla, porque todo el beneficio resultante escapa de su manos.

 

El problema no radica en que los pequeños propietarios no consideren la tarea de conservación. El problema es que, por sus deudas excesivas, luchan entre sí por la superviviencia y dependen cada vez más de los insumos de alto valor, que se encuentran bajo control monopólico. Se ven forzados a sacarle a la tierra todo el jugo posible, año tras año, aunque ello implique causarle daños irreparables en el largo plazo.

 

Un sistema antidemocrático, donde unos cuantos controlan los recursos, afecta su uso eficiente. La ineficiencia también surge por el tipo de cultivos que se establecen: los que rinden mayores ganancias a los terratenientes y no los que sería más conveniente cultivar en función de las necesidades de la gente y las capacidades de los recursos disponibles. El sistema alimentario asociado al control de los grandes productores degrada la alimentación misma.

 

Al reflexionar acerca de las opciones que se encuentran abiertas, apuntamos de qué manera podemos aprovechar las experiencias de quienes están luchando con éxito contra el hambre, sobre todo al referirnos al noveno mito.

 

 

Bibliografía

 

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