Al empezar a reflexionar sobre el vínculo entre
la salud y los recursos naturales, una primera reacción común
es preguntarnos si realmente existe una relación entre ambos
temas que no resulte en un lugar común.
Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que sin recursos naturales
no hay salud, que evidentemente los seres vivos necesitamos del agua,
del aire, de los productos de nuestros suelos, de lugares de esparcimiento
para vivir, y que sin ellos no tiene futuro la vida humana. Una reflexión
del tema desde este punto de vista parece trivial, simplemente uno se
queda sin contenido sin siquiera haber empezado a reflexionar.
De ahí que la relación entre la salud y los recursos naturales
sea evidente, y los cuestionamientos a resolver son en realidad ¿cómo
hemos podido adaptarnos a vivir más alejados de la naturaleza?
¿de qué forma afecta éste alejamiento a los seres
humanos? ¿qué es lo que apreciábamos antes que
no apreciamos ahora y que se ha convertido en un estilo de vida alérgico
a los recursos NATURALES?.
Trataremos de dar respuesta a estos cuestionamientos desde un análisis
más filosófico, psicopedagógico y antropológico,
y menos ecologista.
Cuando el homo sapiens empezaba a poblar esta tierra, vivía como
cualquier otro animal pero tenía inteligencia, la cual se supone
utilizaba para construir herramientas, para defenderse de sus depredadores
y de las inclemencias del tiempo y para diseñar e investigar
diferentes formas para alimentarse. Sin duda su relación con
la naturaleza se daba de una forma más directa.
Esta criatura después de miles de años ha evolucionado
como especie, y también ha transformado su entorno. Habríamos
de suponer que este desarrollo debe entenderse como un enorme avance,
y sin duda alguna en muchos sentidos es así.
Cornelius Castoriadis en su ensayo "Reflexiones sobre el desarrollo
y la racionalidad" publicado en el libro El mito del desarrollo,
en 1977, habla de la crisis del progreso ante las innegables hambrunas
africanas y el subdesarrollo tercermundista, y hace una severa crítica
a la valorización economicista del mismo. Afirma: "de modo
cada vez más insistente se empezó a promover la cuestión
del "precio" a que los seres humanos y las colectividades
"comprarían" el crecimiento". Continúa
"casi simultáneamente se descubría que ese "precio"
comprendía un componente enorme, hasta entonces silenciado, y
cuyas consecuencias a menudo no concernían a las generaciones
presentes. Se trataba del amontonamiento masivo y tal vez irreversible
de los daños infligidos a la biosfera terrestre, resultantes
de la interacción destructiva y acumulativa de los efectos de
la industrialización; efectos que desencadenan reacciones del
medio ambiente que permanecen, más allá de cierto punto,
desconocidas e imprevisibles y que finalmente podrían conducir
a una avalancha catastrófica que rebasaría toda posibilidad
de "control". Desde el hundimiento de Venecia, hasta la muerte
tal vez inminente del Mediterráneo; desde la eutrofización
de los lagos y ríos hasta la extinción de docenas de especies
vivas; desde las primaveras silenciosas hasta el derretimiento eventual
de los casquetes glaciares de los polos; desde la erosión de
la Gran Barrera de Coral hasta la multiplicación por diez de
la acidez de las aguas de lluvia, las consecuencias efectivas o virtuales
de un "crecimiento" y de una industrialización desenfrenada
comenzaban a dibujarse inmensas." Y finaliza "la reciente
crisis de la energía y las penurias de las materias primas han
llegado en el momento apropiado para recordar a los hombres que ni siquiera
era seguro que pudieran continuar destruyendo la tierra por mucho tiempo".
Como es evidente, el proceso de desarrollo ya en los setenta, dejaba
ver no solamente la devastación de los bosques, la extinción
de muchas especies vivientes, la sobreexplotación de los recursos
marinos, hidrológicos, minerales, y la contaminación de
las aguas, del aire, del suelo, sino que además puso al descubierto
el evidente alejamiento físico y espiritual del homo sapiens
respecto de la naturaleza.
Para analizar este fenómeno, me gustaría ir de lo sencillo
a lo complejo: hablaré primero sobre las evidencias de este alejamiento,
después sobre sus consecuencias en la salud y finalmente sobre
áreas inexploradas de investigación socioecológica.
Evidencias del alejamiento del hombre y la naturaleza
Desde un punto de vista pragmático, existen conductas y estilos
de vida que podemos mencionar como evidencias de un alejamiento entre
el hombre y la naturaleza:
-
Cuando el contacto con el campo se convierte en
un episodio vacacional de las familias.
-
Cuando en la Ciudad de México dejamos de
extrañar el amanecer, el atardecer, ver la luna y las estrellas,
y hasta respirar aire limpio.
-
Cuando los niños citadinos comenzaron a dibujar
el cielo gris.
-
Cuando empezamos a salir de nuestros departamentos
a los alrededores de la ciudad y sentimos que queremos regresar
a ella.
-
Cuando nos sorprendimos porque en el paisaje pudimos
ver el Popocatépetl o el Ixtacíhuatl.
-
Cuando los niños dejaron de hacer sonidos
de animales, nunca han visto una vaca, nada les ha picado, y no
les gusta ensuciarse.
-
Cuando el silencio de la noche nos da miedo, y para
evadirlo prendemos el radio o la televisión.
-
Cuando para sentirnos bien, en lugar de ver al horizonte
mejor cerramos los ojos.
-
Cuando nos quitamos los zapatos y nos lastima la
tierra.
-
Cuando dejamos de encontrar productos naturales
en el mercado, y estos se convirtieron en artículos de lujo
o para gente con costumbres exóticas.
-
Cuando nos parece aburrida una caminata en el bosque,
o cuando estar entre árboles se convirtió en un privilegio
exclusivo de los miembros de clubes de golf.
-
Cuando nunca hemos sembrado nada que haya retoñado
de la tierra con nuestros cuidados.
-
Cuando menospreciamos las tradiciones y conocimientos
ancestrales para autocurarnos o sanarnos, y preferimos los consejos
del web.
- Cuando nos enfermamos porque sopló un vientecito.
Sucede que vivimos en un lugar que no sólo está lejos de
la naturaleza, sino en el que tenemos que atentar contra su equilibrio
todos los días, porque resulta poco práctico transportarse
en vehículos que no utilicen combustibles fósiles, sembrar
uno sus propios vegetales siendo autosuficientes en nuestra alimentación,
no generar basura, abastecernos solo del agua que tiene el Valle de México,
dejar a los niños correr libres, estar en silencio.
¿Quién puede vivir en esta Ciudad sin cometer esos delitos?.
Pareciera que el lugar común de la relación entre salud
y recursos naturalesm finalmente muchos -la gran mayoría- no
la tenemos clara, porque finalmente no actuamos en consecuencia, sino
exactamente como si despreciáramos este vínculo.
Fernando Cesarman en una reflexión psicoanalítica afirma
que "el desarrollo de los objetos artificiales que separa al
hombre de su medio natural, es el resultado de un aumento progresivo
de las capacidades intelectuales del hombre: cuanto mas inteligente
sea, más capacidad ha tenido para modificar su mundo externo
para satisfacer sus necesidades. Esta mayor inteligencia y esta capacidad
de adaptación progresivamente en aumento han sido funciones
del yo. Como si al alejarse el hombre del medio natural, hipertrofiándose
las funciones del yo, al mismo tiempo se alejara de su mundo interno,
de su capacidad de ser hacia adentro".
Aquí paro para reflexionar si realmente todo el deterioro ecológico
ocasionado en el siglo XX satisface mejor nuestras "necesidades".
¿Será esto verídico en un mundo donde se concentran
las riquezas en pocas manos, los pobres del globo no alcanzan a satisfacer
ni los más mínimos requerimientos para subsistir dignamente,
mientras los demás acumulamos cosas que no necesitamos?
Los objetos artificiales, que son objetos naturales transformados
para convertirse en artificiales, sustituyen no solamente a la naturaleza,
sino también sustituyen sueños, aspiraciones, metas
en la vida, satisfactores no físicos del hombre como el amor,
la comprensión, la solidaridad, que se intercambian por cosas
y por experiencias virtuales.
Las distracciones y el esparcimiento de chicos y grandes, hoy por
hoy escandalósamente se concentran en un monitor televisivo,
que muestra a los seres humanos la "realidad" de lo que
sucede en "todo el mundo", sin necesidad de que el llamado
por Giovanni Sartori homo videns, se moleste por pensar si esa realidad
realmente existe, sin necesitar hacer ningún tipo de operación
mental que implique la inteligencia y sin siquiera requerir moverse.
Vivimos en un lugar en donde el suelo arbolado se ha convertido en
asfalto con montañas de cemento y aparatos moviéndose
por todos lados. Donde en los espacios más afortunados la naturaleza
es un adorno. Finalmente hemos "dominado" no sólo
a la naturaleza, manejándola a nuestro gusto, sino también
hemos "dominado" nuestro gusto por el aire limpio, por la
calma, por los espacios abiertos y despejados.
Las consecuencias del alejamiento
Aquí pasamos al segundo punto del análisis: ésto
no puede suceder sin consecuencias. No solo consecuencias obvias en
el equilibrio ecológico que no sabemos cómo revertir,
sino consecuencias en la salud física y mental del ser humano,
que como la mayoría de las afectaciones a la salud, afectan
a las poblaciones más desprotegidas.
Las "fantasías ecológicas" que descubre Cesarman
en su libro Ecocidio , nos impiden aceptar que el propio ser humano
es capaz de autogenerarse patológicamente las condiciones más
adversas de vida.
A los seres humanos no sólo nos hacen daño la contaminación
del aire y del agua, los residuos peligrosos y las sustancias tóxicas.
También nos afecta de manera decisiva esa pérdida de
contacto con el paisaje, con los animales, con las plantas, y nos
afecta en la salud física y en la salud mental.
En la salud física, la pérdida de contacto con la naturaleza
conlleva, en las zonas urbanas, a que la mayoría de los citadinos
no realicen ningún tipo de ejercicio físico, no solo
porque hay muy pocos espacios recreativos abiertos, sino también
porque la contaminación del aire afecta más a quienes
ejercen este tipo de actividades al aire libre. Ni hablar de todas
las enfermedades que se evitan si hacemos ejercicio. Pero esta es
la parte mas obvia entre salud y recursos naturales, falta explorar
la parte más profundamente dañina de la separación
entre el ser humano y la naturaleza: la salud mental.
Seres humanos sin aspiraciones (son tóxicas), sin deseos (son
pecado), sin horizontes (¿en dónde está?). Seres
humanos conformes con la sobrevivencia, como los primeros homo sapiens,
que viven las vidas de los protagonistas de las telenovelas o las
de los personajes del nintendo. Seres inmaduros que no sobrepasamos
las etapas infantiles de autogratificarnos. Seres que finalmente estamos
afectados en nuestra salud mental por la desnaturalización
y la violencia.
El lugar del hombre en este mundo ha sido objeto de disertaciones
filosóficas desde los griegos. Descartes afirmaba que el uso
apropiado de la razón es la condición necesaria y suficiente
para que nos volvamos dueños y poseedores de la naturaleza.
De ahí que no siempre haya estado claro que nosotros somos
parte de, y quizás no siempre lo hayamos querido de ese modo.
Las tareas pendientes
Finalizaré definiendo algunas líneas de estudio que
no han sido exploradas: sabemos poco de cómo afecta la contaminación
atmosférica a la salud; desconocemos cuáles son las
consecuencias directas en la salud humana de los pesticidas en los
alimentos; todavía no conocemos los efectos a mediano y largo
plazo de la manipulación genética. Pero sabemos menos
de cómo nos desvirtuamos al desapegarnos del medio natural,
de cuáles son las consecuencias de este alejamiento en la conducta
humana, del daño que hace vivir en lugares donde no podemos
observar a los animales y a las plantas, de las modificaciones en
nuestros valores cuando abrimos la llave y tenemos mucha agua sin
siquiera saber de donde viene y a costa de qué.
Ojalá cuando lo descubramos, las respuestas no se conviertan
en secretos a voces que todos sabemos pero ninguno aceptamos, como
está sucediendo con todos los hechos que reconocemos verídicamente
negativos para el medio ambiente y la salud, y ante los cuales no
hacemos nada.
Finalmente la relación entre salud y recursos naturales, es
un lugar común, pero la relación entre el ser humano
y la naturaleza ya no lo es tanto.