Martha Delgado Peralta
A partir del cuestionamiento sobre "Los límites del
crecimiento" que el profesor Meadows del MIT presentó
al Club de Roma en 1972, y de la primera Conferencia de las Naciones
Unidas sobre Ambiente Humano realizada en Estocolmo en el mismo año,
las sociedades modernas comenzaban a reconocer los principios de Barry
Commoner, uno de los padres del ecologismo: que todos los seres vivos
somos interdependientes; que las emisiones contaminantes no se destruyen
sino que siempre van a otra parte; que no existe "comida gratuita"
y que su producción cuesta en energía; y que la naturaleza
es más sabia que nosotros.
Eran épocas también caracterizadas por la efervescencia
en la organización de la sociedad civil, movilizada en torno
a causas no asistenciales como la democratización de los gobiernos,
la defensa de los derechos humanos, las reivindicaciones étnicas
y de las minorías, la lucha por la igualdad de los géneros,
y por supuesto, el mejoramiento del medio ambiente, a través
del denominado movimiento ambientalista.
En México, a contracorriente de una sociedad acostumbrada a
organizarse de otras formas, desde mediados de los ochenta, independientes
políticamente, sin bandera religiosa y sin conflicto ideológico
izquierda - derecha, los ecologistas encontraron interlocución
con los medios de comunicación y lograron llevar sus propuestas
e ideas a nivel nacional e internacional, con una importante participación
en la Cumbre de la Tierra organizada en Río de Janeiro en 1992.
Sin embargo, aquel movimiento ambientalista de 1984 que hacía
una crítica de fondo al modelo de desarrollo vigente al tiempo
en que salía a las calles de la Ciudad de México para
manifestarse en contra de la construcción de la Planta Nuclear
de Laguna Verde, está muy lejos de ser y de parecerse al movimiento
ambientalista actual, cuyo único rasgo característico
es su diversidad de luchas y formas de actuación, y el cual ha
pasado de ser denunciativo, a participar activamente en las soluciones
y propuestas.
Los asuntos ambientales han adquirido tal complejidad, que los grupos
ambientalistas se parecen poco entre sí, encontrando sus causas
particulares en problemas tan diversos como la contaminación
del aire, del agua, del suelo, la erosión, el manejo de residuos
peligrosos y desechos sólidos, los impactos ambientales, el ordenamiento
ecológico del territorio, el manejo de áreas naturales
protegidas, la defensa de especies amenazadas o en peligro de extinción,
la legislación ambiental, la educación ambiental, el derecho
a la información, el cambio climático, las ecotecnologías,
energías alternativas, agricultura orgánica, transgénicos,
etc.
Y no solo existe una diversidad de "subcausas", sino de formas
de tramitarlas, que van desde la organización de grupos comunitarios
organizados en torno a problemas ambientales concretos, hasta formación
de instituciones y fundaciones que desarrollan proyectos específicos
en su mayoría con financiamiento internacional, organizaciones
de carácter científico, de consultoría, educativas,
etc.... algunas también consideradas como grupos ambientalistas.
Esta variedad de temas y métodos ha dividido al movimiento
en conservacionistas, dedicados a la protección
de la biodiversidad y de los ecosistemas, acotando su actuación
a los temas "verdes" (recursos naturales); y ambientalistas,
quienes en la búsqueda de un desarrollo sustentable incorporan
temas "cafés" o "grises" a sus agendas de
trabajo (emisiones contaminantes), pero también dimensionan sus
acciones abordando la componente social del problema (pobreza, economía,
comercio). Existen también quienes separadamente denominan ecologistas
a aquellos activistas que defienden la causa poniendo en práctica
un sistema de vida saludable, de alimentación orgánica,
deporte, contacto con la naturaleza y mezclando su acción con
asuntos místicos.
En este contexto, a partir de la Cumbre de la Tierra en 1992 se crea
la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (Semarnap),
como la iniciativa gubernamental más importante para elevar el
rango del tema ambiental en el Poder Ejecutivo. Durante el presente
sexenio, la Semarnap ha representando no solo un avance en la gestión
ambiental de nuestro país, sino que ha constituido un reto importante
para el movimiento ambientalista. Por un lado, la Secretaría
convocó a muchos cuadros que venían trabajando desde la
sociedad civil y sin duda alguna incorporó en su agenda de trabajo
muchas causas por las que venían pugnando los ecologistas, dejando
incluso a algunos de ellos sin causa. Por otro, se abrieron espacios
de participación ciudadana como Consejos Consultivos y leyes
que invocan a la intervención de las comunidades en la toma de
decisiones, lo cual modificó las formas de actuación dentro
del sector entre el gobierno y la sociedad civil organizada.
El avance de la gestión ambiental en los últimos 6 años
es incuestionable, sobre todo en los temas "verdes". La comunidad
de conservacionistas en México ha participado activamente
en este proceso y también ha sido beneficiaria del enorme peso
que ha tenido su causa en el gobierno saliente.
No obstante, la atención de temas "grises" ha estado
rezagada, la administración ambiental está centralizada
y el diseño institucional del gobierno federal ha sido cuestionado.
Por un lado, existen dos posiciones respecto al diseño institucional
de la dependencia federal para la atención de los asuntos ambientales:
la del G-25 (grupo de 25 especialistas ambientales de los sectores social,
privado, académico y gubernamental) cuya propuesta es la creación
de una nueva Secretaría de Medio Ambiente y de un Gabinete de
Desarrollo Sustentable, y la de la actual administración que
aboga por continuar con la estructura de Semarnap como está.
La propuesta del G-25 está basada en el hecho de que más
del 80% del presupuesto asignado a la Semarnap no se aplica estrictamente
a asuntos ambientales, en el argumento de que la actual estructura es
juez y parte en asuntos ambientales donde únicamente tendría
que asumir una misión de protección y conservación
(forestal, pesca, agua) y finalmente en el hecho de que los sectores
ambientales mejores regulados no son los que están integrados
de manera un tanto forzada en la jurisdicción de la Secretaría
(forestal, agua, pesca) sino fuera de ella (industria), y que bajo ese
criterio la Secretaría también podría incorporar
los temas sobre energía, minería, agricultura, ganadería,
desarrollo social, y una lista infinita de sectores relacionados pero
no directamente ambientales.
Por su parte, la actual administración argumenta que la construcción
una institución como Semarnap ha representado un esfuerzo muy
importante para el sector, y que lo que se necesita es consolidar los
programas iniciados y fortalecer institucionalmente a la Secretaría.
Incluso han calificado a la propuesta del G-25 como el "desmantelamiento"
de la Secretaría, cuando ciertamente está muy lejos de
serlo, pero representa el sentir de un equipo que se comprometió
con el diseño vigente y lo sacó adelante.
La comunidad de ambientalistas enfrenta desafíos
importantes ante el cambio de gobierno. Primero, el de evaluar la gestión
ambiental actual, y respaldar alguna de las dos alternativas, o bien
crear una tercera haciendo un análisis concienzudo de lo que
ha funcionado y lo que no. En este aspecto, es indispensable también
la participación activa de los grupos para promover un proceso
serio de descentralización que permita a los gobiernos locales
hacerse cargo de problemas ambientales que afectan de manera directa
a los municipios y estados.
En segundo lugar, requiere de encontrar espacios para tramitar la
demanda ambiental de manera digna, ya que la causa se ha visto invadida
por el oportunismo y la incompetencia de algunos grupos con fuertes
alcances en la opinión pública, como el Partido Verde
Ecologista de México, cuyo líder nacional Jorge González
Torres (quien fuera funcionario de la Secretaría de Gobernación
y Presidente del PRI en el Distrito 22 del DF) con el apoyo del propio
sistema que acostumbraba crear partidos paraestatales para dividir el
voto de la oposición, logró registrarlo como partido político
en 1992. El PVEM no ha sido polémico únicamente por el
autoritarismo de su dirigente y por ser un negocio familiar, sino por
no haber contado nunca con el apoyo del movimiento ambientalista genuino
de México, a pesar de comprar -literalmente- algunos simpatizantes.
Usurpando la causa ambiental y haciendo gala de una ignorancia inaudita
del tema, el PVEM capta algunos sectores sociales que se han dado por
bien servidos con la existencia de un partido "verde" y se
han conformado con votar por la opción en lugar de participar
activa y seriamente.
Por último, el movimiento ambientalista ha dejado de ser un movimiento
de demandas y reclamos para ser parte de las soluciones y de las propuestas.
Esto representa un enorme avance y también implica retos institucionales
importantes: requiere profesionalizar sus cuadros para ser competitivo
en el interior de la comunidad ambientalista y ante otras causas; desarrollarse
democráticamente en sus dirigencias; relacionarse más
fuertemente con las comunidades arraigadas para comprometer cada vez
a más personas con la causa ambiental; y participar activamente
con el gobierno en la gestión ambiental, de una manera crítica
pero tolerante y respetuosa, y al mismo tiempo luchando por formas de
relación no corporativas entre el gobierno y la sociedad civil,
que le permitan a los ambientalistas constituirse como grupos con espacios
propios con capacidad de relacionarse con los gobiernos sin pasar a
formar parte de ellos.