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Unión de Grupos Ambientalistas,
I. A. P.

Mecanismos de participación




Mecanismos de participación de la Sociedad Civil en el procedimiento de Evaluacion del Impacto Ambiental

por Martha Delgado Peralta 1



Para abordar el tema sobre mecanismos de participación de la sociedad civil en el procedimiento de evaluación del impacto ambiental he dividido esta presentación en tres partes: En la primera, por considerarlo un tema indispensable en la coyuntura actual, hablaré muy brevemente sobre el desarrollo de la sociedad civil en México, desde una perspectiva histórica y política. Posteriormente revisaré las formas de participación social previstas en la legislación y las instituciones de gestión ambiental en nuestro país, analizando el funcionamiento de cada una de ellas, para finalmente exponer con ejemplos las distintas formas de participación social concretamente para el instrumento de EIA, haciendo uso de ejemplos y aterrizando en los principales retos que enfrenta el movimiento ambientalista en este sentido.

Desarrollo de la sociedad civil en México

En México, el desarrollo de la sociedad civil ha sido uno de los rasgos más notables de las últimas tres décadas: sin lugar a dudas ha sido la base sobre la que se ha desarrollado la llamada transición democrática en nuestro país. Podemos fechar a 1968 como el momento en el cual la sociedad mexicana inicia un proceso de construcción independiente del Estado. Hasta esa fecha, y como consecuencia de la forma corporativa de relación del Estado con la sociedad, que imperó durante las décadas del 40 al 60, los grupos y las clases sociales en nuestro país pasaban regularmente por el filtro del Estado para la realización de prácticamente cualquier tipo de proyecto, de lo económico a lo cultural, pasando por lo ideológico y lo político.

Durante la década del setenta, diferentes movimientos empresariales, obreros y campesinos comenzaron a poner una línea divisoria entre el campo de intervención del Estado y la actuación de estos grupos decisivos de la sociedad. Sobre esta base, desde mediados de la década del ochenta la sociedad se hace más visible a través de las urnas. Se inicia un proceso de quebrantamiento de las formas hegemónicas de dominación política y partidaria que durante décadas había practicado el gubernamental Partido Revolucionario Institucional. Para fines de esa década y la presente, se observa un crecimiento y diversidad del espacio en el que se desarrollan opciones y alternativas distintas a la estatal que van construyendo el piso sobre el que se desarrolla la transición mexicana. Dentro de este amplio movimiento se desarrollan en nuestro país, sobre todo en los últimos diez años, organizaciones de la sociedad civil que experimentan un crecimiento espectacular, arrojando como resultado más de dos mil asociaciones consignadas en el censo de organizaciones civiles que realizó la Secretaría de Gobernación en 1995.

Este vertiginoso surgimiento de grupos sociales organizados corre fundamentalmente motivado por tres grandes acontecimientos:

  1. Por un lado, las transformaciones de la convivencia política señaladas marcadamente por la percepción ciudadana de que una forma de sociedad y de régimen político llegan a su fin, y de que otras formas están naciendo.

  2. Por otro lado, la renuncia que hizo el gobierno mexicano de sus responsabilidades sociales y asistenciales, y el abanderamiento de las ONG en América Latina que han emergido y multiplicado su presencia justamente como respuesta ante el fin del Estado benefactor y su sustitución por un estado abstraído de compromisos sociales.

  3. Finalmente, porque para un sector muy significativo de ciudadanos, posiblemente mayoritario, los espacios gubernamentales y partidarios existentes ya no ofrecen una respuesta directa y clara a su problemática económico - social, ni a sus expectativas políticas.


En México, por tradición de décadas, la mayor parte de las instituciones sin fines de lucro, así como de los donativos provenientes de la empresa privada, tenían misiones y fines de carácter asistencial, como la ayuda a enfermos, a los ancianos, a los pobres, a los discapacitados, a los niños de la calle, a mujeres desvalidas, agredidas o madres solteras, etc.

Estos apoyos materializados en alimentos, educación, salud, vivienda, orientación, que en aquellos tiempos del Estado de Bienestar debía proporcionar el gobierno, y en la actualidad parece que "los mercados", por si mismos no podrán enfrentar, constituyen una ayuda sin la cual difícilmente podríamos concebir a nuestro México actual, pero que no resuelven la raíz de los problemas que los originan.

Como decíamos antes, en este fin de siglo caracterizado por la efervescencia con que se ha organizado la sociedad civil en todo el mundo, encontramos en México una proliferación de instituciones, también sin fines de lucro, creadas para atender lo que nosotros hemos denominado "las causas del nuevo milenio", muy representativas de las necesidades de las sociedades modernas, como el mejoramiento del medio ambiente, la democratización de los gobiernos, la defensa de los derechos humanos, las reivindicaciones étnicas y de las minorías, la lucha por la equidad de los géneros, etc.

Las organizaciones ambientalistas surgimos entonces, como algo diferente a los grupos comunitarios organizados en torno a la búsqueda de mejores condiciones de vida, como una forma de participación distinta a la asistencial, y con propósitos muy concretos enfocados a la conservación de los recursos naturales y a la lucha por un medio ambiente sano. A contracorriente de una sociedad acostumbrada a organizarse de otras formas, estas causas en un principio sufrieron un problema de identidad: estaban lejos de los grupos organizados en forma corporativa territorialmente, y sus formas de actuación en la sociedad, distintas a las asistenciales, eran criticadas por pertenecer al mundo de la política.

En la década de los ochentas, el movimiento ambientalista mexicano fue uno de los más aguerridos y combativos. Sus primeras luchas tuvieron como eje precisamente la oposición al impacto ambiental que podría derivarse de la instalación de la planta nuclear de Laguna Verde, pero a diferencia de los movimientos conservacionistas del primer mundo, en América Latina estos grupos incorporaron en sus visiones aspectos políticos, sociales, económicos y culturales para lograr el aprovechamiento adecuado de los recursos naturales que hoy conocemos como desarrollo sustentable.

Independientes políticamente, sin bandera religiosa y sin conflicto ideológico izquierda - derecha, los ecologistas encontraron interlocución con los medios de comunicación y lograron llevar sus propuestas e ideas a nivel nacional e internacional, con una importante participación en la Cumbre de la Tierra en 1992.

La propagación de la exigencia de un ambiente sano ha dado como resultado la multiplicación de grupos ambientalistas con formas de actuación y actividades muy diversas:

  1. Diversidad de causas (mejoramiento de la calidad del aire, del agua, del suelo; abatimiento de la erosión; búsqueda de sistemas eficientes para el manejo de residuos peligrosos y desechos sólidos; intervención más directa en la planeación ambiental; demandas por impactos ambientales en ecosistemas frágiles; participación en el ordenamiento ecológico del territorio; involucramiento en el manejo de áreas naturales protegidas y en la defensa de especies con estatus de flora y fauna silvestres; colocación de temas en la agenda gubernamental como asuntos de cambio climático, cooperación internacional, etc.).

  2. Diversidad de estrategias (investigación, educación ambiental, difusión de información, ejecución directa de proyectos, denuncia y presión, recomendaciones, elaboración de políticas, proyectos productivos, ecoturismo, desarrollo de ecotecnologías, asesoría, etc.).

  3. Diversidad en su conformación (como asociaciones civiles, como instituciones de asistencia privada, a través de instituciones académicas, conformando redes de organizaciones no gubernamentales, como grupos organizados en función de problemas concretos de la comunidad, en grupos numerosos o en grupos pequeños).


No debemos dejar de reconocer que el movimiento ecologista ha decaído de cinco años a la fecha. Las antiguas reivindicaciones han sido incorporadas, aunque sea parcialmente en los programas municipales, estatales y federales de gobierno, y sin lugar a duda existe un avance significativo. Asimismo, los grupos empezaron a desarrollar proyectos propios y fueron cada uno creando un espacio más reducido de actuación. Otros encontraron en el ambientalismo un modus vivendi, como el Partido Verde Ecologista que no tiene oferta política y sus propuestas ambientales son anacrónicas, pero es el negocio privado de su presidente y su familia.

No obstante, la importancia que tiene la participación de la sociedad civil en el diseño, ejecución y evaluación de políticas ambientales, ha sido un espacio ganado que actualmente el gobierno reconoce a través de los siguientes mecanismos:

  1. Consejos. Se forman consejos consultivos, no pocas veces en forma corporativa, a través de los cuales algunas organizaciones recomiendan políticas o discuten soluciones a ciertos problemas.

  2. Denuncia Popular. Ciudadanos y grupos tienen la posibilidad de interponer denuncias populares como un mecanismo jurídicamente reconocido por la ley para anteponer quejas o informar a la autoridad de irregularidades en el desempeño ambiental de personas físicas o morales.

  3. Derecho a la información. Según el artículo 159 BIS de la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente, las personas y organizaciones tenemos derecho a solicitar al gobierno por escrito información ambiental, y a que esta petición sea respondida en un plazo no mayor a 20 días.


Estos mecanismos son sumamente insuficientes y además funcionan de manera deficiente: los consejos no resuelven casi nunca los problemas más importantes y difíciles, y sus integrantes no intervienen directamente en el diseño y ejecución de políticas ambientales sino que sólo recomiendan; las denuncias pocas veces son atendidas y la información que se solicita por escrito al gobierno se responde de vez en cuando, a criterio de los funcionarios.

Sin embargo, existe un instrumento de política ambiental que incorpora un mecanismo de participación social específicamente para su propio desarrollo: las manifestaciones de impacto ambiental deben ser puestas a consulta pública para recibir observaciones de los ciudadanos y grupos con interés jurídico.

Como nos comentaba nuestro compañero chileno el día de ayer, la legislación pareciera no tener defectos en este sentido; sin embargo, es de todos sabido que dicho mecanismo ha resultado únicamente en un trámite más, y son pocos los sujetos que lo utilizan en su beneficio por varias razones:

  1. Desconocimiento de este derecho legal de los grupos ciudadanos.

  2. Falta de capacidades para interpretar el significado de las MIA.

  3. Centralización de la información.


Si observamos los principales proyectos (muy pocos por cierto) en donde movimientos ambientalistas han detenido su desarrollo alegando fuertes impactos ambientales, podemos darnos cuenta de que esto se ha hecho independientemente del mecanismo de consulta popular previsto por la ley como la forma institucional de participación ciudadana:


    El caso de Guadalcazar fue detenido por la falta de algunos permisos no relacionados con asuntos ambientales, después de un fuerte problema político en el que se vieron involucradas la comunidad, el sector privado, y los gobiernos federal y estatal contrapunteados.

  • El Campo de Golf en Tepoztlán.

  • El Muelle de Cozumel fue detenido por la acción de grupos ambientalistas aquí presentes, ante un tribunal trinacional.

  • El caso de la salinera en Laguna de San Ignacio se ha convertido, como nos comentará por la tarde nuestro amigo Alberto Székely, en un problema de intereses económicos y políticos donde nada tiene que ver ya lo que decía una primera MIA rechazada por improcedente ambientalmente, y una segunda MIA que aun no ha sido presentada, cuando el gobierno federal analiza las conveniencias o inconveniencias políticas y económicas de su instalación.


En todos estos casos ha estado ausente la consulta pública como vía de participación de la sociedad, lo cual es muy grave por varios motivos: la autoridad ambiental no se sujeta a decidir, como es su competencia, con base en los resultados de las MIA y su consulta, y por otro lado los grupos ecologistas nos sentimos en plena libertad de cuestionar cualquier proyecto que a juicio de cada grupo no nos parezca conveniente, en ocasiones sin sustento técnico o científico, y también fuera de los mecanismos que prevé la ley.

Intrínsecamente la EIA es un instrumento muy complejo que requiere de un trabajo multidisciplinario para juzgar cada proyecto, pero también es necesario reconocer que existen elementos políticos, económicos y no solo ecológicos que juegan un papel. Encontramos desde decisiones extralegales del gobierno (como la formación de "comités técnicos" para hacer el trabajo que a ellos les compete y cargar con la factura política de las decisiones) hasta grupos de la sociedad civil manipulados y comprados para hacer juego a los intereses de los empresarios (como claramente se observa en el caso de Exportadora de Sal, empresa que ha creado "Consejos Ciudadanos" al vapor para defender su proyecto en San Ignacio).

Los ponentes que me han antecedido hoy y el día de ayer han elaborado sugerencias muy puntuales para modernizar la EIA y construir una burocracia competente en la materia. Para finalizar, les expondré los que a mi juicio son los principales retos del movimiento ecologista ante la EIA:

  1. Cooperación intergrupal. Necesitamos comunicarnos más, diseñar estrategias conjuntamente entre los grupos para atacar los mismos problemas y no duplicar esfuerzos, así como intercambiar experiencias exitosas en materia de EIA para ser reproducidas.

  2. Difusión de legislación y derechos. Para juzgar los proyectos y sus impactos ambientales con mayor claridad, los grupos debemos incrementar nuestra capacidad de organización junto con la comunidad, y también difundir la legislación en la materia y nuestros derechos como ciudadanos.

  3. Fortalecimiento de capacidades institucionales. Para jugar nuestro rol ante los impactos ambientales de las actividades productivas, los grupos requerimos de una credibilidad y legitimidad irrenunciables. Aun colocándonos como interlocutores legítimos, es necesario elevar nuestro desempeño institucional organizándonos en forma democrática donde las dirigencias sean electas y cumplan periodos y rindan cuentas, donde los fondos se manejen en forma transparente, exista credibilidad ante las fuentes de financiamiento, y los proyectos se planeen con eficiencia y claridad, se ejecuten con profesionalismo y se evalúen con objetividad.

  4. Saber relacionarse con otros sectores sin incorporarse a ellos. Requerimos pasar de ser organizaciones de denuncia o grupos de inconformes, o de ser "paleros" de la autoridad o incondicionales de X y Y empresas privadas, a ser instituciones críticas que ubicamos problemas pero también soluciones, y que somos capaces de intervenir directamente para resolver los problemas en forma propositiva. Para ello es necesario tener la capacidad de sentarnos a negociar, discutir e intercambiar puntos de vista con las autoridades y con la industria, sin pasar a formar parte de ellos, manteniendo independencia y conservando la seriedad y sensatez que requieren estos procesos.


Estas son algunas ideas que pongo a su consideración, esperando tener la oportunidad de discutirlas en la sesión de intercambio. Muchas gracias.




1 Presidenta de la Unión de Grupos Ambientalistas I.A.P.